PALOMA

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
DETRAS DE LAS PAREDES

PALOMA

PorMar Martínez

La lluvia empezó después de las doce. Paloma abrió los ojos y escuchó el agua correr por dentro de las paredes. La casa hacía ese ruido desde el invierno anterior, cuando una mancha oscura apareció sobre la cabecera de la cama. Su marido había prometido subir al techo. Después se olvidó o […]

Por Mar Martínez

La lluvia empezó después de las doce.

Paloma abrió los ojos y escuchó el agua correr por dentro de las paredes. La casa hacía ese ruido desde el invierno anterior, cuando una mancha oscura apareció sobre la cabecera de la cama. Su marido había prometido subir al techo. Después se olvidó o dejó de llover. Con el tiempo, la mancha se abrió por los bordes hasta parecer un pájaro con las alas extendidas.

A su lado, él dormía de espaldas.

Paloma se incorporó. Permaneció sentada hasta que el frío del piso le subió por las piernas. De chica, los días de helada salía descalza al patio y pisaba el pasto blanco para llevarle la contra a su madre. Ella refunfuñaba desde la cocina. Paloma siempre terminaba en penitencia.

La ventana se encendió un instante. Antes del trueno alcanzó a ver el ropero, la silla donde había dejado la ropa y la fotografía de sus nenes cuando todavía iban a la escuela.

Dos cabezas oscuras bajo un árbol.

Esperó.

El trueno hizo vibrar los vidrios de la habitación. Los chicos dormían en el cuarto contiguo. Ninguno se despertó. Paloma salió sin encender la luz.

Conocía la casa por la distancia entre los objetos. Cuatro pasos hasta la puerta, siete por el pasillo, la mesa contra la pared, la biblioteca que ocupaba casi todo el comedor. Algunas noches había leído hasta sentir que el aire volvía a entrarle en el cuerpo.

Caminó con una mano extendida hasta encontrar el respaldo de una silla. La madera todavía guardaba el frío. Allá, en la otra casa de Tumé, las sillas eran de caño y fórmica. Horacio había comprado seis para el cumpleaños de Micaela. Las trajo atadas al techo del Ford Sierra y las bajó una por una, mientras las chicas corrían alrededor. Sara miraba desde la galería. Cada vez que él apoyaba una silla en el suelo, ella golpeaba las manos contra los apoyabrazos de la suya.

Paloma retiró la mano.

Fue hasta la cocina y abrió la canilla. El caño tosió antes de soltar el agua. La dejó correr un poco y llenó un vaso. Al llevárselo a la boca sintió gusto a metal.

En Tumé, el agua tenía gusto a río. Había nacido allí, en una casa donde se oía el viento cuando soplaba del este. De chica le gustaba bajar hasta la costa después de las tormentas. El río dejaba ramas, botellas, animales muertos. Una vez encontró una muñeca sin cabeza y se la llevó envuelta en la remera. Su madre la obligó a devolverla.

—Lo que trae el río no es de nadie —le dijo.

Varias tormentas después, conoció a Horacio Cárdenas en un baile del club. Él llevaba una camisa clara con los puños arremangados, un pulóver de bremer sobre los hombros y mocasines. La miraba de una manera que la obligaba a bajar los ojos. Bailaron hasta que encendieron las luces. Al salir, Horacio se quitó el pulóver y se lo acomodó a Paloma sobre los hombros.

Paloma creyó que el amor debía sentirse así: algo que otro acomodaba sobre el cuerpo antes de que una alcanzara a tener frío.

Cerró la canilla.

La lluvia golpeaba el techo y bajaba detrás de las paredes. Paloma apoyó el vaso junto a la pileta. No había bebido más que un sorbo.

En la alacena encontró un paquete de velas, fósforos, remedios vencidos. Sacó las cosas una por una y las dejó sobre la mesada. Buscaba algo que no sabía si todavía conservaba.

Al fondo apareció una llave.

No pertenecía a ninguna puerta de esa casa. Era más larga y pesada que las llaves nuevas, con el ojo redondo y los dientes oscurecidos. Paloma la sostuvo en la palma. No necesitó probarla en ninguna cerradura.

La reconoció por el peso.

La mañana en que Micaela murió, todos hablaban de la torta.

La madre de Horacio estaba por cumplir sesenta años. Durante varios días, la familia había hablado del menú, las bebidas y las mesas que pedirían prestadas. En la cocina había harina abierta, huevos en un bol y un paquete de velitas que Petra sacudía como una maraca.

Micaela salió a buscar el molde.

Antes de cruzar la puerta preguntó si podía llevarse una de las monedas que estaban sobre la heladera. Paloma tenía las manos hundidas en la masa. Le dijo que sí sin mirarla.

La puerta se cerró.

Durante mucho tiempo recordaría ese ruido y no la voz.

En el hospital, las puertas del quirófano se abrieron y apareció Horacio con una mancha en la camisa. Paloma pensó que era agua. Levantó una mano para limpiársela, pero él retrocedió.

—No entres.

Le temblaban las manos. Tenía los ojos fijos en las puertas que acababa de cruzar. La voz le salió tan baja que Paloma apenas pudo oírlo.

Ella miró las puertas. En el centro de cada hoja había una ventana angosta, protegida por una trama de alambre. No intentó pasar. Tampoco preguntó qué había visto.

Horacio cayó de rodillas. Abrió y cerró las manos. Sollozó, maldijo. Después inclinó el cuerpo y golpeó la frente contra el piso.

Una vez.

Otra.

Mucho después le contó que el cuerpo estaba partido.

Lo dijo una sola vez.

Paloma cerró los dedos alrededor de la llave.

Afuera, la lluvia arrastraba hojas por el patio. Una canaleta rebalsó y el agua cayó de golpe contra las baldosas.

Después de la muerte de Micaela, Horacio empezó a llegar tarde. Al principio traía olor a cigarrillo y a bar. Después apareció un olor dulzón, pegado a la ropa, que Paloma no conocía. Ella esperaba en la cama con los ojos abiertos. Lo escuchaba tantear la cerradura, empujar algún mueble, respirar frente a la puerta antes de entrar.

Algunas noches se acostaba sin tocarla. Otras le apoyaba una mano en la cintura y la llamaba por su nombre. Cuando Paloma no se daba vuelta, Horacio la tomaba del hombro y la ponía boca arriba. Después dejaba caer el peso de su cuerpo sobre ella.

Paloma permanecía quieta, con los brazos a los costados.

Sara dormía en la habitación contigua. Petra había empezado a encerrarse. Dibujaba pájaros con las patas demasiado grandes y escondía las hojas debajo del colchón. Cuando Horacio le preguntaba qué hacía, ella respondía:

—Nada.

Una tarde, Paloma salió al garaje. El vecino estaba lavando el auto y levantó la manguera para saludarla. Hablaron del agua acumulada junto al cordón. De un perro que había roto las bolsas de basura. Él dijo alguna cosa que Paloma no escuchó y ella se rio. Una gotera golpeaba una chapa al costado del garaje.

Paloma tenía una mano apoyada contra la pared.

Horacio llegó antes del atardecer. El auto mordió el borde de la vereda. Cuando bajó, dejó la puerta abierta.

Paloma supo que algo iba a ocurrir porque la pared comenzó a latir debajo de su mano.

Horacio cruzó el garaje y la tomó del brazo. No miró al vecino. La arrastró hacia la casa mientras ella intentaba soltarse sin gritar. Petra había ido a una pijamada. Sara dormía en su habitación.

Horacio cerró la puerta.

Después hubo una silla, una soga alrededor de las muñecas, saliva bajándole por la mejilla. La cara de Horacio demasiado cerca. Una cachetada que le llenó la boca de sangre.

Paloma miró hacia el pasillo. Al fondo estaba la habitación de Sara. No dijo nada.

Horacio siguió su mirada. Tomó uno de los pañales de Sara que había en un balde y se lo apretó contra la cara.

Durante unos segundos, Paloma no respiró. Sintió la humedad sobre los párpados, el olor de su hija, el elástico rozándole la boca. Después el llanto le sacudió el cuerpo. No empezó en los ojos. Le nació debajo de las costillas y subió hasta doblarla sobre la silla.

Horacio arrojó una taza contra la pared.

La taza dejó una marca blanca y cayó partida sobre el piso. Horacio miró los pedazos. Miró sus propias manos. Después desató a Paloma y la llevó hasta el baño.

Mojó un algodón.

Ella permaneció sentada sobre la tapa del inodoro mientras él le limpiaba la cara. Cada vez que el algodón se ensuciaba, Horacio tomaba otro. Lo mojaba, lo escurría y se lo pasaba despacio por las mejillas.

Paloma cerró los ojos.

Esa noche se buscaron en la cama.

No fue perdón. Tampoco despedida. Durante unos minutos, sus cuerpos encontraron el movimiento que habían aprendido antes de las hijas, antes del hospital, antes de que Horacio empezara a abrir y cerrar las manos. Paloma hundió la cara en el cuello de él. Horacio lloró sin hacer ruido.

A la mañana siguiente, él se fue a trabajar.

Paloma esperó hasta dejar de escuchar sus pasos. Limpió el baño, barrió los pedazos de la taza y acomodó las habitaciones. Le dio de comer a Sara. Dobló una manta que Petra había dejado sobre su cama. Después escribió una nota.

Pidió perdón porque no sabía escribir otra cosa.

Dejó la llave sobre la mesa.

Paloma abrió la mano.

La llave seguía allí, más de veinte años después, aunque recordaba haberla dejado en Tumé. Quizás había vuelto a buscarla. Quizás Petra la había encontrado y se la había entregado durante el tiempo en que vivieron juntas. Paloma no podía precisar en qué momento la llave había vuelto a sus cosas.

La dejó sobre la mesada y caminó hasta el comedor. Otra fotografía de los varones estaba sobre un mueble, junto a una radio Spica que había pertenecido a su abuelo paterno. Paloma giró la perilla. La estática llenó la habitación. Movió lentamente el dial hasta encontrar una voz.

Era un programa nocturno. El locutor hablaba de una banda que iba a presentarse el fin de semana. Detrás de su voz sonaba una guitarra.

Paloma apagó la radio.

En La Plata también había llovido la noche en que conoció al músico.

Era joven. Tenía el pelo largo, los pantalones mojados hasta las rodillas y un estuche de guitarra cubierto con una bolsa de basura. Paloma lo vio entrar en la casa de unos amigos y sacudirse el agua como un perro.

Él la hizo reír.

Eso fue lo primero.

No la melena ni la voz, aunque después recordaría ambas cosas. Fue la manera en que representó su propia llegada, exagerando el frío, los colectivos que no se detenían y la cantidad de agua que llevaba dentro de los zapatos. Los demás siguieron hablando. Paloma se quedó mirándolo mientras él apoyaba las medias sobre una estufa.

Hacía meses que nadie conseguía hacerla reír.

El músico tocaba en un grupo que todavía no había encontrado su lugar. Hablaba de la música como si ya existiera una multitud esperándolo en alguna parte. Paloma no le creyó, pero le gustaba escucharlo.

Él alquilaba una habitación con una cama angosta. Cuando dormían juntos, Paloma amanecía con un hombro contra la pared. Había hojas escritas por todas partes: sobre la mesa, entre los platos, debajo de la guitarra. A veces levantaba una y leía palabras que parecían haberse caído de una conversación.

El músico se la quitaba de las manos.

—Todavía no.

Una noche le pidió que viajara con él. No sabía exactamente adónde. La banda tenía dos fechas y después verían. Podían dormir en una pensión, en una estación o en el suelo de alguna casa.

Paloma estaba sentada en la cama. Se había quitado los zapatos, pero conservaba el abrigo.

—No puedo.

—No tenés que volver.

Ella miró una rajadura que cruzaba el techo. En uno de los bordes se acumulaba la luz de la calle.

—No es eso.

Él se arrodilló frente a ella y le puso las manos sobre las rodillas.

—Entonces vení.

Paloma sintió el calor de esas manos a través de la pollera. Pensó en Sara esperando que alguien le acercara un vaso de agua. En Petra entrando de la escuela y encontrando la nota. En Micaela pidiendo una moneda sin que ella levantara la cabeza.

Retiró las piernas.

El músico se sentó en el suelo. Durante un rato ninguno habló.

—Yo tampoco estoy siempre acá —dijo.

Apoyó cuatro dedos sobre el pecho.

Paloma no supo qué había querido decir. Tal vez él tampoco.

A veces hacían el amor y después se quedaban despiertos. Él inventaba viajes. Una casa cerca del mar. Una cama junto a una ventana. Dos vidas iguales para poder arruinar una sin miedo.

Paloma lo escuchaba respirar.

Había noches en que deseaba creerle. Otras sentía que el amor de ese hombre avanzaba por su cuerpo como una fiebre. Se apartaba, buscaba su ropa y se vestía de espaldas.

Él nunca intentaba detenerla.

Casi un año después, Paloma empezó a escribir. Frases cortas, en papeles que doblaba y guardaba en los bolsillos. No sabía si eran cartas. Algunas tenían una sola línea.

El músico encontró una dentro de un libro.

—¿Es para mí?

Paloma se encogió de hombros.

Él la leyó otra vez y se la guardó.

La banda comenzó a viajar. Al principio, él regresaba con historias de habitaciones compartidas y escenarios vacíos. Después aparecieron fotografías, entrevistas, personas que esperaban al terminar los conciertos. Paloma dejó de acompañarlo hasta la terminal.

La última vez que él fue a buscarla llevaba la guitarra a la espalda.

—Quiero que vengas conmigo.

Paloma negó con la cabeza.

—Aunque sea esta vez.

Ella volvió a negarse.

El músico miró hacia la calle. Había dos pájaros picoteando junto al cordón. Cuando pasó un colectivo, levantaron vuelo en direcciones contrarias.

—No sé cómo sacarte de acá —dijo.

Paloma quiso decirle que ella tampoco estaba allí.

No lo dijo.

Después conoció a otro hombre.

No le habló de viajes ni de cielos abiertos. Tenía un trabajo, una casa a medio construir y una paciencia que a Paloma le pareció una forma del cansancio. Se quedó con él. Tuvieron dos hijos varones. Paloma aprendió a reconocer sus pasos, sus fiebres, el ruido que hacía cada uno al respirar.

Una tarde recibió la noticia de que Sara había muerto.

Sostuvo el teléfono con las dos manos. Del otro lado, una mujer repetía su nombre.

Paloma miró a sus hijos jugar en el patio.

No viajó a Tumé.

Petra vivió con ella durante un tiempo. Llegó con una valija pequeña y una carpeta llena de dibujos. Ya no dibujaba pájaros. Pintaba cuerpos sin rostro, manos separadas de los brazos, casas vistas desde arriba.

Dormía hasta tarde. Comía poco. Cuando Paloma intentaba tocarle el pelo, Petra inclinaba la cabeza para evitarla.

Una noche discutieron en la cocina.

—Yo también perdí a Micaela —dijo Paloma.

Petra la miró. No levantó la voz.

—Nosotras te perdimos a vos.

A la semana siguiente hizo la valija.

Paloma quiso retenerla. Llegó a levantar una mano, pero no encontró dónde apoyarla. Petra cerró la puerta y se marchó a Buenos Aires. Allí volvió a acercarse a Horacio, que había dejado Tumé y trabajaba como fiscal. Paloma supo de ellos por otras personas. El padre y la hija comían juntos los domingos. Iban a exposiciones. A veces Petra lo acompañaba a los tribunales.

Horacio había aprendido a vivir con lo que había visto detrás de las puertas del quirófano.

O había aprendido a esconderlo.

Los varones conocieron la historia años después. Uno de ellos encontró una fotografía de las tres niñas. Micaela sostenía una pelota. Petra entrecerraba los ojos por el sol. Sara estaba sentada entre ambas.

—¿Quiénes son las chicas que están con Petra?

Paloma tomó la fotografía, pero el hijo no la soltó.

Les contó una parte. Después otra. Con cada pregunta, la casa de Tumé fue apareciendo sobre la mesa: el Falcon oliva, la silla de Sara, la nota, la llave.

—¿Las dejaste?

Paloma miró al menor. Tenía la misma edad que Micaela cuando salió a buscar el molde.

—Sí.

Quiso explicarles que algunas personas no se marchan para comenzar otra vida. Quiso hablarles de la pared latiendo debajo de su mano, del pañal contra la cara, de Horacio cambiando los algodones. Quiso decirles que había salido de la casa porque ya no encontraba su cuerpo adentro.

Pero había cosas que, dichas tantos años después, parecían mentiras.

Los hijos dejaron de hablarle durante varias semanas. Después volvieron a llamarla. Se sentaban a la mesa, preguntaban si necesitaba algo. Ninguno volvió a preguntarle por Tumé.

Paloma se acercó a la ventana. La lluvia había borrado el patio. En el vidrio se reflejaba una mujer con el pelo blanco y un camisón demasiado grande. Durante un instante creyó ver a su madre. Levantó la mano y la mujer del vidrio hizo lo mismo.

Regresó al pasillo y caminó hacia los cuartos. Desde el dormitorio, su marido tosió.

Uno de los varones se movió detrás de la pared.

Paloma volvió a la cocina y tomó la llave. Después buscó una hoja en el cajón donde guardaban las facturas. Se sentó a la mesa.

Escribió el nombre de sus hijos.

La tinta se abrió en el papel. Paloma esperó a que secara. Quiso agregar algo, pero no encontró ninguna frase que no hubiese llegado demasiado tarde.

No pidió perdón.

Dejó la llave sobre la hoja.

Paloma recorrió las habitaciones.

Se detuvo junto a las camas de sus hijos. Hacía tiempo que ninguno vivía allí, pero ese fin de semana habían regresado por unos días. El mayor dormía con un brazo fuera de las mantas. Paloma se inclinó.

No llegó a tocarlo.

Al pasar frente a su habitación, Paloma vio la mancha de humedad que descendía desde el techo. Ya no parecía un pájaro. Era apenas agua buscando por dónde salir.

Entró en el baño y cerró la puerta.

A las seis, su marido encontró la hoja sobre la mesa.

Leyó los nombres de los hijos. Tocó la llave, como si pudiera reconocerla. Después recorrió la casa llamando a Paloma.

La lluvia había parado.

Desde el baño no llegó ninguna respuesta.

Por Mar Martínez

(Cuadernos de Tumé)

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