MIRTA, AFUERA

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
DETRAS DE LAS PAREDES

MIRTA, AFUERA

PorMar Martínez

Mirta no estaba. El guardiacárcel me devolvió el documento, un cinturón y las monedas que llevaba en los bolsillos la noche en que me detuvieron. Dejó cada cosa sobre el mostrador y me hizo firmar una hoja. Después abrió el portón. Yo había imaginado ese momento durante tres años. En algunas noches […]

Por Mar Martínez

Mirta no estaba.

El guardiacárcel me devolvió el documento, un cinturón y las monedas que llevaba en los bolsillos la noche en que me detuvieron. Dejó cada cosa sobre el mostrador y me hizo firmar una hoja. Después abrió el portón.

Yo había imaginado ese momento durante tres años.

En algunas noches Mirta me esperaba del otro lado con un vestido claro. En otras tenía el pelo suelto y venía corriendo antes de que alcanzara a verla. Nunca había pensado qué ropa llevaría yo ni adónde iríamos después. Solo pensaba en su cuerpo acercándose.

El portón se cerró a mi espalda.

No había nadie.

Permanecí en la vereda con el bolso en una mano. Sentía un temblor debajo de la camisa. No venía del frío. Empezaba en el estómago, me bajaba por las piernas y volvía a subir cuando intentaba respirar.

Miré hacia la garita. El guardia ya no estaba.

La casa de mi madre quedaba del otro lado de Oberá. Podía llegar caminando, pero no tenía la llave. Tampoco sabía si continuaba siendo nuestra. Mamá había muerto durante mi segundo año de condena. Una asistente social me llevó la noticia hasta el pabellón y esperó sentada frente a mí, con las manos apoyadas sobre una carpeta.

No pude ir al entierro.

A veces la muerte se parecía a eso: alguien cerraba una carpeta y uno tenía que regresar a su celda.

Escuché dos bocinazos.

Junto al cordón había un auto color oliva. Me pareció un Ford, aunque no pude reconocer el modelo. El hombre que conducía levantó una mano. Llevaba traje oscuro, camisa clara y una corbata angosta. Tenía el pelo peinado hacia atrás. Era demasiado prolijo para estar esperando frente a una cárcel.

Pensé que lo había mandado Mirta.

Me acerqué.

El hombre bajó la ventanilla y extendió una llave.

—Es de la casa de tu madre.

No la tomé.

—¿Quién es usted?

La llave permaneció entre sus dedos. Era la misma que mamá guardaba debajo de una maceta cuando salía al fondo. Reconocí una muesca cerca del ojo.

—Los dólares que escondiste ahí ya no están.

Miré hacia el camino. No pasaba nadie.

El hombre dejó la llave sobre el asiento del acompañante.

—Tocaste algo que no tenías que tocar.

—Yo ya cumplí.

Sonrió apenas. No fue una sonrisa completa.

—A dos cuadras de tu casa está la parroquia. Si necesitás algo, hablá con el cura.

Me incliné hacia la ventanilla.

—¿Dónde está Mirta?

Por primera vez apartó los ojos de mí. Miró el portón de la cárcel.

—No digas cuánto había. Tampoco dónde lo encontraste.

—Le pregunté por Mirta otra vez.

—Ella ya está demasiado cerca.

El temblor me llegó a las manos.

—¿Cerca de qué?

El hombre tomó la llave y volvió a ofrecérmela.

—Si embarrás la cancha, no va a haber cura que pueda cuidarla.

Agarré la llave.

Quise abrir la puerta del auto, obligarlo a bajar, hacerle repetir cada palabra. Él levantó el vidrio. Golpeé una vez, con la palma abierta. El Ford arrancó antes de que pudiera volver a hacerlo.

Lo vi alejarse por la avenida. Una de las ruedas atravesó un charco y levantó agua contra el cordón.

La llave todavía estaba tibia.

Caminé hasta la casa de mamá.

Oberá no era como la recordaba. Habían asfaltado dos cuadras y cerrado el almacén de los Duarte. En una pared quedaban restos de carteles políticos, caras nuevas pegadas sobre otras caras que la lluvia había empezado a borrar. La peluquería donde Mirta se cortaba el flequillo era ahora una casa de repuestos.

La gente me miraba sin detenerse.

Durante tres años había pensado que el pueblo permanecía afuera, intacto, aguardando el día en que yo regresara. Pero las veredas tenían otras grietas. Habían talado un paraíso frente a la escuela. Hasta los perros parecían pertenecerle a otra gente.

Cuando llegué a la casa, probé la llave.

La cerradura se resistió. Tuve que empujar la puerta con el hombro.

Adentro olía a encierro y a remedios. Sobre la mesa había un mantel de plástico cubierto de polvo. La taza de mamá seguía junto a la pileta, boca abajo. Toqué el borde. Un insecto salió de abajo y desapareció detrás de una botella.

No encontré fotografías.

Abrí las ventanas. La luz entró despacio, como si tampoco conociera la casa.

En la habitación de mamá quedaba la marca de la cama contra la pared. Me arrodillé frente al ropero y levanté una tabla suelta. El hueco estaba vacío.

Allí había guardado los dólares.

Nunca supe cuántos eran. Los conté una vez, de madrugada, mojándome el dedo antes de separar cada billete. Después los até otra vez con el papel de diario y los escondí debajo de la tabla.

Pensaba usarlos para los medicamentos de mamá, para el alquiler, para comprar hierro y volver a trabajar. Pensaba muchas cosas. No hice ninguna.

La policía llegó antes.

Me senté en el piso. La madera me dejó polvo en los pantalones.

Había encontrado el dinero en una casa nueva, sobre la parte alta de la ciudad. La familia me había contratado para terminar el garaje y construir una parrilla a medida. Querían una tapa de hierro con un sistema de contrapesos. El dueño hablaba sin mirarme. Dejaba los planos sobre una mesa y señalaba las medidas con una lapicera dorada.

El tercer día tuve que sacar unos ladrillos de abajo de la parrilla.

Detrás había una caja.

No parecía escondida. Eso fue lo que pensé después. Alguien la había colocado allí con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a tocar sus cosas.

La abrí.

Adentro había un paquete de nailon con cierre Ziploc. Los dólares estaban envueltos en una hoja de diario. Recuerdo una fotografía de hombres bajando de un automóvil y una palabra cortada por el doblez.

Gobierno.

Escuché pasos en el piso superior. Cerré la caja, guardé el paquete debajo de la camisa y dejé las herramientas.

La tapa de la parrilla quedó a medio hacer.

Mirta estaba cuidando a mamá cuando llegué.

—¿Qué pasó? —me preguntó.

Yo llevaba el dinero pegado al cuerpo. El plástico me raspaba debajo del brazo.

—Nada.

Mirta me miró unos segundos. Después regresó a la cocina.

Ella sabía reconocer mis mentiras antes de que yo terminara de contarlas.

Nos habíamos conocido en un baile cerca del centro. Mirta entró con dos amigas y las conversaciones se interrumpieron alrededor. No era solamente linda. Había personas que parecían pedir permiso antes de ocupar un lugar. Mirta no. Se sentaba, cruzaba las piernas, encendía un cigarrillo y el lugar empezaba a pertenecerle.

Bailamos esa misma noche.

Cuando se reía, inclinaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos. Yo esperaba ese momento para mirarla sin que me descubriera.

Después empezó a acompañarme a la casa de mamá. Le calentaba la comida, controlaba los remedios y abría las ventanas aunque hiciera frío. Mamá protestaba, pero cuando Mirta faltaba preguntaba por ella.

La mañana en que me detuvieron, Mirta llegó antes de que la policía terminara de revisar la casa. Habían levantado el colchón; allí debajo tenía guardada una parte de los dólares.

Uno de los agentes los encontró.

Mirta me buscó los ojos.

Yo bajé la cabeza.

En la cárcel vino a verme todos los domingos durante los primeros meses. Siempre le quise decir que detrás de la madera, en la cama de mi madre, estaba el resto del botín. No pude. Se sentaba frente a mí, apoyaba los brazos sobre la mesa y hablaba de mamá, del barrio, de cosas que había escuchado en la radio. Cuando yo le preguntaba cuánto faltaba para que terminara la visita, se enojaba.

—No cuentes el tiempo cuando estoy acá.

Después apareció Cintia.

Era amiga de Mirta desde la adolescencia y vivía en Tumé con su hijo. Tenía una proveeduría cerca de la ruta. La conocía de algunas visitas: una mujer flaca, de pelo oscuro, que escuchaba sin quedarse quieta. Mientras uno hablaba, ella acomodaba vasos, juntaba migas o revisaba que las puertas estuvieran cerradas.

Un mediodía incendiaron la proveeduría.

Mirta me lo contó en una visita. Dijo que el fuego había empezado en el fondo de una puerta, en una parte nueva que ella había construido. Cintia alcanzó a salir junto a su empleada y amiga, Natalia Fuentes. Afortunadamente, su hijo no estaba allí. Perdió la mercadería, los muebles y una carpeta que guardaba debajo del mostrador.

—¿Qué había en la carpeta?

Mirta miró hacia el guardia.

—Papeles.

Cintia vendió lo poco que le quedaba y se mudó a Oberá. Mirta la recibió en su casa con el chico.

A partir de entonces, las visitas comenzaron a espaciarse.

Primero faltó un domingo. Después dos. Cuando volvió tenía una lastimadura cerca de la boca.

—¿Qué te pasó?

Se tocó con la punta de la lengua.

—Me golpeé con una puerta.

No le creí.

Le pregunté por qué Cintia no alquilaba otro lugar. Mirta apartó las manos de la mesa.

—Le quemaron la proveeduría y la casa la puso en venta.

—Dormían atrás.

Durante toda la visita miró hacia el guardia.

Yo empecé a escribirle. Le contaba lo que haríamos cuando saliera. Le decía que todavía podía conseguir trabajo, que había dejado unas herramientas en lo de un vecino, que podíamos irnos a vivir a Posadas. A veces le escribía dos cartas en una semana.

Mirta no respondía.

En la cárcel, el silencio necesita un culpable. Primero culpé a Cintia. Después a Mirta. En algunas noches me culpaba a mí, pero eso resultaba más difícil de sostener hasta la mañana.

Me levanté del piso y volví a colocar la tabla sobre el hueco vacío.

El teléfono estaba en el comedor. Levanté el tubo.

Tenía tono.

Marqué el número de Mirta. Dejé sonar hasta que se cortó. Volví a marcar. Nadie atendió.

Dormí en la cama de mamá sin sacarme la ropa. Antes de cerrar los ojos puse una silla debajo del picaporte.

A la mañana siguiente fui hasta la parroquia.

El sacerdote estaba barriendo hojas en el patio. Era un hombre bajo, de brazos gruesos. Llevaba la sotana recogida hasta las rodillas y unas alpargatas embarradas.

—Busco al párroco.

Apoyó la escoba contra la pared.

—Ya lo encontró.

Le dije mi nombre.

No pareció sorprenderse.

Me hizo pasar a una habitación detrás de la sacristía. Había una mesa, dos sillas y un ventilador que giraba sin alcanzar a mover el aire. El sacerdote cerró la puerta.

—Quiero saber dónde está Mirta.

Se sentó.

—Viajó a Tumé con Cintia.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Para qué?

El sacerdote se frotó las manos. Tenía tierra debajo de las uñas.

Me habló de Natalia, una joven que Cintia había intentado proteger. Ella había tenido problemas con el padre Darwin, el párroco de la iglesia de aquella localidad. Dijo que la chica había desaparecido junto a su sobrina después de escapar por la parte trasera de una estación. Desde un juzgado de Tumé citaron a Cintia para declarar porque Natalia y su sobrina no aparecían.

Mirta había decidido acompañarla.

—¿Por qué?

—Porque Cintia no podía ir sola.

—¿Por qué no?

El ventilador completó una vuelta. Una de las aspas producía un chasquido cada vez que pasaba frente a nosotros.

—Hay preguntas que no conviene hacer de cualquier manera.

Saqué la llave del bolsillo y la dejé sobre la mesa.

—Un hombre me dio esto cuando salí.

El sacerdote no la tocó.

—¿Qué más le dio?

—Nada.

—Entonces guárdela.

—Sabía lo de los dólares.

El chasquido volvió a escucharse.

—¿Le dijo cuántos había?

—Me dijo que yo no debía decirlo.

—Hágale caso.

—También habló de Mirta.

El sacerdote levantó los ojos.

—¿Qué dijo?

—Que está en peligro por ayudar a alguien que no debe.

—¿Y usted qué le contestó?

—Nada.

—Siga así.

Me puse de pie.

—Quiero saber cuándo vuelve.

El cura miró un almanaque colgado detrás de mí.

—El colectivo de Tumé llega el sábado a las nueve.

Era jueves.

Regresé a la casa. Llamé otra vez a Mirta. Nadie atendió.

Pasé el resto del día abriendo cajones. Buscaba cartas, fotografías, alguna prueba que me certificara que mamá siguió con vida después de que me encerraron. Estaba dudando de todo. Encontré recetas médicas, agujas de tejer y un pañuelo blanco que en algunas fotos usaba como bandana, que todavía conservaba su olor.

En la cocina había una lata de yerba vacía. Adentro encontré tres estampitas y el comprobante de un giro postal.

Mirta había enviado dinero para los medicamentos.

La fecha era posterior a su última visita a la cárcel.

Guardé el papel en el bolsillo.

El viernes caminé hasta la casa de Mirta.

Las persianas estaban bajas. En la entrada había una bicicleta de niño sin una rueda. Golpeé las manos. Nadie respondió.

Me asomé por una ventana lateral. Sobre la mesa vi varios platos, un frasco de leche y hojas apiladas debajo de una piedra. Había dibujos infantiles pegados a una pared. En uno aparecía una casa rodeada de líneas rojas.

Probé la puerta.

Estaba cerrada.

Una mujer salió de la vivienda de al lado. Llevaba un repasador sobre el hombro.

—Mirta no está.

—Ya sé.

La mujer me observó. Quizás me reconoció por el diario. Quizás Mirta le había hablado de mí.

—¿Usted sabe cuándo vuelve?

—Cuando pueda.

—El sábado.

Se encogió de hombros.

—Entonces ya sabe más que yo.

Antes de entrar, miró hacia ambos extremos de la calle.

Esa noche no dormí.

Permanecí sentado en la cocina de mamá, con la llave sobre la mesa. Cada vez que pasaba un auto apagaba la luz. Pensaba en los dólares, en el hombre del Ford y en la herida junto a la boca de Mirta. Pensaba en Cintia logrando escapar mientras ardía la proveeduría.

Por primera vez se me ocurrió que las cartas podían no haber llegado.

También podía estar inventando una explicación que me permitiera seguir amándola.

A las seis me lavé en la pileta de la cocina. El agua salió marrón durante unos segundos. Me puse la camisa menos arrugada y caminé hasta la terminal.

Llegué dos horas antes.

Me senté en un banco desde el que podía ver la entrada. Había vendedores acomodando diarios y un hombre que dormía abrazado a una valija. Cada vez que aparecía un colectivo me ponía de pie.

A las nueve y veinte llegó el de Tumé.

El motor quedó encendido. Bajaron dos hombres con bolsos, una mujer que llevaba una gatita dentro de una caja y un anciano ayudado por el chofer.

Después apareció Cintia.

Estaba más flaca. Bajó con una mano apoyada sobre el hombro de su hijo.

Mirta bajó detrás de ellos.

Llevaba el pelo recogido y un abrigo oscuro. Apretaba una carpeta contra el pecho. Se detuvo en el último escalón y miró alrededor.

Me vio.

El cuerpo se me adelantó antes de que pudiera pensarlo.

Mirta negó con la cabeza.

Fue un movimiento corto. Casi nada.

Me detuve.

Ella bajó del colectivo y empezó a caminar junto a Cintia. Cuando pasó cerca pude verle una mancha violeta en la muñeca. Quise preguntarle quién se la había hecho. Quise tocarla, sentir si seguía siendo la mujer que había visitado durante tres años en mi cabeza.

Mirta no apartó los ojos de mí.

Todavía había algo conocido en su manera de mirarme. Pero debajo había otra cosa. Algo que yo había visto en los hombres que esperaban una requisa, cuando se escuchaban las llaves acercándose por el pasillo.

Miedo.

Cintia la tomó del brazo.

Mirta pasó a mi lado sin tocarme. Olía a humedad, a colectivo y al mismo jabón que usaba para lavarle el pelo a mamá.

No dije su nombre.

Cuando llegaron al borde de la vereda, una hoja se desprendió de la carpeta. Cintia miró hacia atrás. Mirta no.

Las dos subieron a un automóvil estacionado frente a la terminal. Era color oliva. El chico se acomodó en el asiento trasero.

Esperé hasta que se alejaron.

Después recogí la hoja.

Era la copia de una declaración. En la parte superior aparecía el nombre de Natalia Fuentes. Más abajo había fechas, lugares y apellidos que no conocía.

En el margen inferior encontré uno conocido.

Era el del hombre que me había contratado para construir la parrilla: Roberto Aramendia.

Di vuelta la hoja.

Mirta había escrito una dirección y una sola frase:

No vuelvas a la casa de tu madre.

Levanté la cabeza.

El automóvil ya no estaba. El colectivo de Tumé empezó a retroceder y el humo del escape cubrió durante unos segundos la entrada de la terminal.

Guardé la hoja debajo de la camisa.

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