El sonido de la spika

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
Diagonales

El sonido de la spika

PorMar Martínez

Esa mañana me desperté sabiendo que tenía que entrar a trabajar. En la casa, el día había empezado mucho antes. Era el cumpleaños de mi mamá y todos andaban preparando la fiesta. Había fuentes sobre la mesa, bolsas abiertas, sillas que todavía no encontraban su lugar. Las voces se cruzaban sobre el olor de la […]

Esa mañana me desperté sabiendo que tenía que entrar a trabajar. En la casa, el día había empezado mucho antes. Era el cumpleaños de mi mamá y todos andaban preparando la fiesta. Había fuentes sobre la mesa, bolsas abiertas, sillas que todavía no encontraban su lugar. Las voces se cruzaban sobre el olor de la comida.

Paloma mandó a Micaela, mi hija menor, a buscar algo a lo de mi hermana. No recuerdo qué. Una de esas cosas que parecen imprescindibles mientras se prepara un festejo y después nadie vuelve a nombrar.

La vi salir.

Pasé junto a Sara. Estaba sentada en su silla, mirando el movimiento de la casa. Le apoyé la mano sobre la cabeza. Apenas un roce. Después seguí hasta la pieza.

Prendí la Spica.

La radio tardó unos segundos en encontrar la voz. Primero apareció una respiración de estática detrás de la pared. Moví la ruedita y el locutor de Continental entró en la habitación. Hablaba del tiempo. Dijo que durante la semana iba a hacer mucho frío, que dos días antes había nevado en Mendoza y que se acercaba una helada importante.

Mientras lo escuchaba, la mañana empezó a enfriarse.

Me saqué el pantalón del pijama y metí una pierna en el otro pantalón. Después la segunda. Lo hice con una rapidez que ahora no consigo explicar. Me puse de pie, subí el cierre, ajusté el botón y pasé el cinturón por la hebilla casi sin respirar. La voz seguía hablando del viento, de las zonas donde el frío iba a sentirse con más fuerza.

Por momentos la Spica se distorsionaba.

Me saqué la parte de arriba del pijama y me puse una camisa. Cerré los botones sin mirar. Abrí el placard y busqué un pulóver Bremen, beige claro, con escote en V. Me lo pasé por la cabeza. Durante unos segundos quedé atrapado, con los brazos levantados y la lana sobre la cara. Después encontré las mangas y acomodé el cuello.

La radio anunció algo de la Selección Argentina.

Me senté para ponerme los botines Hush Puppies. El cuero estaba frío. Até los cordones y volví a mirar la Spica. Hacía tantos años que me acompañaba que ya no necesitaba verla para encontrar sus botones. Conocía la dureza de la rueda y ese clic seco con el que se apagaba.

La agarré con una mano.

Giré la ruedita hacia la izquierda.

Clic.

La voz del locutor desapareció en mitad de una frase.

Guardé la radio en el cajón y regresé al living. Sara continuaba en el mismo lugar. Desde su silla observaba a Paloma y a una de mis hijas cocinar. Las manos iban de una fuente a otra. Se abrían cajones. Una cuchara golpeaba contra un recipiente. La fiesta todavía no había empezado, pero la casa ya estaba llena de ella.

Volví a pasar junto a Sara.

Le toqué otra vez la cabeza.

Ella giró los ojos hacia arriba y me miró. Con Sara no siempre era posible saber qué sentía. Había que quedarse cerca, esperar algún movimiento, aprender a leer aquello que no conseguía decir. Esa mañana vi que en sus ojos se formaba un pequeño pliegue de lágrimas. No llegaron a caer. Quedaron ahí, sostenidas en el borde.

Pensé que estaba emocionada.

Todos lo estábamos. Era el cumpleaños de mi mamá. En unas horas iba a reunirse la familia, llegarían las voces que faltaban, los saludos desde la puerta, los platos apoyados donde hubiera lugar. Sara miraba los preparativos y tal vez entendía que algo distinto estaba por ocurrir.

Le retiré la mano.

Seguí caminando.

La voz de Continental continuaba dentro de mis oídos aunque la radio estuviera guardada. La helada. La nieve en Mendoza. Una semana de frío avanzando hacia nosotros. Al pasar junto a Paloma se lo comenté. Ella siguió con la comida y con todo lo que todavía faltaba llevar al salón.

Después se fue a decorar.

Yo volví a la pieza. El pulóver no parecía suficiente. Pensé en buscar una bufanda y una campera, algo que combinara con el Bremen, pero también algo capaz de detener mejor el frío. Abrí otra vez el placard. Moví unas perchas. Toqué una manga, después otra.

Entonces recordé la toalla.

La había dejado tirada en el piso después de bañarme. Todavía húmeda, doblada sobre sí misma, juntando el frío de las baldosas. Pensé que debía colgarla. Si quedaba allí todo el día, a la noche Paloma iba a decirme que otra vez la había dejado sin tender.

Cerré el placard.

No fui a buscarla.

Desde el living llegó el sonido del teléfono.

No sonó distinto a otras veces. Nada en ese timbre podía advertirme. La misma insistencia metálica esperando que alguien cruzara la casa.

Caminé hasta él.

Mientras avanzaba todavía pensé en la bufanda, en la campera, en la toalla húmeda sobre el piso. Pensé que debía apurarme porque tenía que entrar a trabajar. Detrás de mí continuaban los preparativos. Una puerta se cerró. Alguien movió una silla. Micaela todavía no regresaba de lo de mi hermana.

Levanté el tubo.

Dije hola.

Del otro lado no me hablaron del cumpleaños. Tampoco de la fiesta ni de la helada que iba a cubrir la semana.

Me dijeron que Micaela había tenido un accidente.

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