El reloj de arena
Ese reloj de arena que corre, se mete en tu cuerpo. Sostiene tanto de lo que ya no querés sostener que termina transformándote en alguien indulgente con sus propias emociones. Como si sentir necesitara presencia, reacción, comandancia. Respeto mis escenas de dolor. Pero no me atrevo a romper con mis duelos. Los arrastro desde hace […]

Ese reloj de arena que corre, se mete en tu cuerpo.
Sostiene tanto de lo que ya no querés sostener que termina transformándote en alguien indulgente con sus propias emociones.
Como si sentir necesitara presencia, reacción, comandancia.
Respeto mis escenas de dolor.
Pero no me atrevo a romper con mis duelos.
Los arrastro desde hace años. Permanezco en silencio, ocultando mis debilidades, creyendo que todavía puedo impostar una reacción distinta frente a aquello que toca esa fibra íntima.
Entonces todo adquiere nitidez.
Penumbra.
Volumen.
Pausa.
Tomás aire.
El virtuosismo te embriaga. El cinismo empieza a crear su propio destiempo. El ruido se vuelve patrón de tu existencia inmediata.
Gritás para imponer una creencia.
O ni siquiera eso.
A veces las discusiones terminan reducidas a una botella, al ego, a esa pequeña habitación que construimos cuando queremos que el mundo tenga exactamente nuestro tamaño.
Otra vez el reloj de arena.
Te sujeta.
La soledad aparece.
La desnudez muestra el paso de los años.
Alrededor, nadie tiene tiempo.
Los oídos ya no esperan nada.
Entonces vuelve la pausa.
Ahí, cuando finalmente no queda nada que imponer, aparece el silencio.
Silbando bajito.
La arena sigue cayendo.
Duelos que uno conserva, partes del cuerpo que avergüenzan.
Para florecer
no alcanza con esperar.
Allí donde termina el duelo volvemos a empezar nosotros.
