Cuando una época todavía podía convertirse en obra
En junio de 2004, Jorge Lanata entrevistó a Gustavo Cordera mientras Bersuit Vergarabat presentaba La argentinidad al palo. Aquellas páginas conservan el encuentro entre dos voces que, desde el periodismo y el rock, intentaron construir una lectura de la Argentina. Veintidós años después, el documento abre una pregunta: ¿todavía somos capaces de crear obras que […]

En junio de 2004, Jorge Lanata entrevistó a Gustavo Cordera mientras Bersuit Vergarabat presentaba La argentinidad al palo. Aquellas páginas conservan el encuentro entre dos voces que, desde el periodismo y el rock, intentaron construir una lectura de la Argentina. Veintidós años después, el documento abre una pregunta: ¿todavía somos capaces de crear obras que expresen nuestro tiempo?
Archivo Intervalo — Documento 003
Fecha del documento: junio de 2004
Publicación: Rolling Stone Argentina, número 75
Título de la entrevista: “La murga de los renegados”
Autor: Jorge Lanata
Entrevistado: Gustavo Cordera
Fotografías: Inés Ulanovsky
Tipo de documento: Entrevista gráfica
Sección: Música · Prensa y publicaciones
Procedencia: Archivo Intervalo
Primero está el papel.
La revista permanece abierta sobre una mesa. Las páginas ceden apenas en el centro. Gustavo Cordera aparece en un hotel de Montevideo: sentado sobre una cama, de pie frente a una ventana, acostado mientras conversa con Jorge Lanata. Está desnudo o envuelto en una sábana. No parece protegerse de la cámara. La entrevista ocupa varias páginas y lleva un título impreso con letras grandes:
“La murga de los renegados”.
Es junio de 2004.
Bersuit Vergarabat acaba de publicar La argentinidad al palo. La banda atraviesa su momento de mayor exposición. Llena estadios, vende cientos de miles de discos y lleva hacia el centro de la cultura popular una obra doble que intenta contener un país.
Lanata llega hasta Cordera para entrevistarlo.
Pero antes de hacer la primera pregunta regresa al sur.
Algo se perdió en el Sur
Lanata comienza la nota hablando de Avellaneda.
Hay casas bajas, vecinos sentados en la vereda, voces que se alejan, televisores encendidos durante los sábados a la tarde. Hay sueños postergados y una urgencia corporal por salir de allí. Lanata recuerda los cines de barrio, las latas de películas, las salas oscuras y al muchacho que había publicado una o dos notas en un diario local.
Tenía catorce años.
Decía que era periodista.
La frase contiene una ironía, pero también una decisión. Antes de fundar diarios, conducir programas de televisión o convertirse en una de las figuras más reconocibles y discutidas del periodismo argentino, Jorge Lanata había comenzado a construir su voz.
No sabía todavía hasta dónde iba a llevarlo.
Solamente decía quién quería ser.
Desde ese recuerdo entra en la vida de Cordera. No lo presenta como una estrella llegada desde un lugar inaccesible. Reconoce en él una procedencia. Los dos habían crecido en el sur del conurbano. Los dos habían sentido que la vida estaba sucediendo en otra parte. Los dos habían necesitado salir.
Lanata lo hizo desde el periodismo.
Cordera, desde la música.
La voz que sale del margen
En la entrevista, Cordera habla de su familia, de los trabajos anteriores a Bersuit, de los autos usados, de las mujeres, del dinero, del odio, de las drogas y de la soledad. Habla también del joven que no encontraba un lugar dentro del modelo que le ofrecían.
Había estudiado Ciencias de la Comunicación. Había trabajado en una agencia. Había aprendido a vender. Después dejó aquello que tenía y se fue detrás de una banda que todavía no podía prometerle nada.
La música apareció como una abertura.
No solucionó inmediatamente su vida. Tampoco ordenó sus contradicciones. Les dio una forma y permitió que llegaran hasta otros cuerpos.
A fines de los noventa, Bersuit encontró una lengua capaz de mezclar rock, murga, fiesta, bronca, política, deseo y vulgaridad. No hablaba desde afuera de aquello que denunciaba. Formaba parte del mismo país que observaba. Llevaba dentro suyo su violencia, sus excesos y sus deformaciones.
Libertinaje, Hijos del culo y La argentinidad al palo no fueron solamente discos exitosos. Construyeron una narración sobre un momento de la Argentina.
Las canciones acompañaron el final del menemismo, la crisis económica, el estallido social, la desconfianza hacia las instituciones y la necesidad de volver a reconocerse después de una fractura. Algunas anticiparon. Otras reaccionaron. Otras convirtieron el cansancio y la rabia en una experiencia colectiva.
No ofrecían una explicación ordenada.
Ponían el cuerpo.
Dos maneras de intervenir
Lanata también había construido su lugar desde una ruptura.
Participó de la fundación de Página/12, creó el diario Crítica de la Argentina, condujo Día D y trasladó su voz entre la gráfica, la radio y la televisión. Cambió de medios, de posiciones y de alianzas. Fue admirado, discutido, celebrado y rechazado.
No hace falta borrar ninguna de esas contradicciones para reconocer lo que produjo.
Lanata nunca aceptó que el periodismo consistiera solamente en transmitir información. Construyó medios, inventó formas y convirtió al periodista en una presencia visible dentro de aquello que narraba. Su trabajo tenía una voz. Podía iluminar, incomodar, exagerar o equivocarse, pero no se escondía detrás de una neutralidad sin cuerpo.
En 2004, esa voz encontró a Cordera.
La relación entre ambos no terminó en la entrevista. Lanata también dirigió el videoclip de “La argentinidad al palo”. El periodista ingresó en el territorio de la canción y participó de la construcción visual de aquella obra.
El encuentro no fue casual.
Bersuit y Lanata estaban intentando hacer algo semejante con herramientas diferentes: tomar los fragmentos de un país, exponer sus contradicciones y devolverlos convertidos en una forma.
Uno trabajaba con una banda.
El otro, con una redacción.
Un país dentro de dos discos
La argentinidad al palo necesitó dos discos.
No porque faltara una decisión editorial ni porque la banda fuera incapaz de elegir. La extensión era parte de la obra. La Argentina que intentaba mirar no entraba en una canción.
Allí convivían la fiesta y la derrota, el sexo y la soledad, la historia y la obscenidad, la ternura y la violencia. Aparecían los próceres, los dictadores, los ídolos populares, los empresarios, los santos, los criminales y las personas que intentaban atravesar el día.
No era una tesis sobre la identidad nacional.
Era su desborde.
La obra podía resultar contradictoria porque el país también lo era. No procuraba limpiar esa materia antes de convertirla en música. La exponía.
Por eso la tapa de Rolling Stone mostraba a Cordera vestido como un prócer. No se trataba únicamente de una provocación visual. La imagen introducía a un músico popular dentro de la iconografía solemne de la nación y alteraba el cuadro. El cuerpo desnudo, exagerado e incómodo de Cordera ocupaba un lugar reservado para las estatuas.
La patria ya no aparecía inmóvil sobre un pedestal.
Tenía carne.
El tiempo de una obra
Veintidós años después, la revista vuelve a abrirse.
El papel conserva una época en la que una banda podía presentar un disco doble y pretender que el público lo escuchara como una unidad. Dos volúmenes. Más de veinte canciones. Una lectura extensa del país.
Hoy las plataformas organizan buena parte de la circulación musical alrededor de otro ritmo. Una canción se anuncia, aparece, ocupa durante algunos días las pantallas y comienza a retirarse cuando llega la siguiente. El presente se divide en piezas breves que deben demostrar inmediatamente su capacidad para retener una mirada.
El periodismo atraviesa una transformación semejante.
La noticia debe publicarse antes de terminar de comprenderse. El título necesita atraer el clic. Una declaración separada de su contexto puede circular más que una investigación completa. Cada hecho ocupa la pantalla hasta que otro lo desplaza.
El problema no son Spotify, YouTube o Instagram.
Son herramientas. También permiten que una canción, una entrevista o una revista de 2004 vuelvan a encontrarse con personas que no estuvieron allí.
El problema comienza cuando su velocidad deja de ser una condición de circulación y se convierte en la única medida posible de una obra. Cuando los músicos componen pensando solamente en la parte que podrá separarse. Cuando los periodistas escriben pensando únicamente en la frase que podrá multiplicarse. Cuando todos aprendemos a reaccionar antes de encontrar el tiempo necesario para comprender.
¿Qué lugar tendría hoy una obra como La argentinidad al palo?
¿Cómo se anunciarían dos discos que necesitan escucharse juntos?
¿Cuántas de sus canciones sobrevivirían a la exigencia de funcionar solas antes de que pudiéramos reconocer la narración que construyen entre todas?
Lo que quedó separado
Bersuit continuó sin Gustavo Cordera.
Cordera construyó la Caravana Mágica y profundizó su camino individual. La banda y su antiguo cantante volvieron sobre las canciones compartidas desde lugares diferentes. La posibilidad de una reunión aparece cada tanto como una pregunta que ninguno parece responder de la misma manera.
No es necesario exigir ese regreso.
Tampoco imaginar que reunir nuevamente los cuerpos devolvería de forma automática aquello que produjeron juntos. Una obra colectiva no depende solamente de la presencia de sus integrantes. Necesita una tensión, una necesidad y una época dispuesta a atravesarlos.
Ni Bersuit sin Cordera ni Cordera después de Bersuit volvieron a construir una obra con la amplitud narrativa y la incidencia cultural de La argentinidad al palo.
Eso no invalida lo que hicieron después.
Permite medir lo que había ocurrido antes.
La revista conserva el momento en que Cordera todavía hablaba desde el centro de aquella criatura colectiva. El cantante aparecía en la tapa, pero detrás de su cuerpo existía una banda. Había composiciones, discusiones, arreglos, instrumentos y voces que no podían reducirse a una sola persona.
La obra necesitaba esa pluralidad.
Una voz no es una neutralidad
Jorge Lanata murió en diciembre de 2024.
Su muerte volvió a abrir discusiones sobre su trayectoria, sus cambios y sus posiciones políticas. Para algunos quedó asociado a la fundación de Página/12 y a la renovación del periodismo gráfico. Para otros, a sus últimos años en los grandes medios. Entre esas dos imágenes se extendió una obra llena de movimientos y contradicciones.
No corresponde borrar ninguna.
Pero tampoco reducir una vida completa al último lugar desde el que habló.
Lanata buscó construir una voz, su voz. Lo hizo desde la gráfica, la radio y la televisión. Fundó medios cuando todavía no sabía si podrían sostenerse. Llevó el periodismo hacia territorios nuevos. Entendió que una noticia no llegaba sola: necesitaba una forma, una estructura y alguien dispuesto a asumir la responsabilidad de contarla.
En eso permaneció cerca de una tradición central del periodismo argentino.
Rodolfo Walsh no escribía desde un lugar inexistente. Investigaba, comprobaba y tomaba posición. Comprendía que la rigurosidad no exigía ausencia de ideología. Exigía responsabilidad frente a los hechos.
Una voz periodística no se vuelve honesta porque carezca de posición.
Se vuelve honesta cuando permite reconocer desde dónde mira y puede sostener aquello que afirma.
La cultura no viene después
Durante demasiado tiempo se habló de la cultura como si fuera una consecuencia del bienestar. Algo que una sociedad puede atender después de resolver la economía, la educación, la violencia, el trabajo o la desigualdad.
Pero ninguna de esas discusiones ocurre fuera de la cultura.
La cultura determina con qué palabras nombramos aquello que nos pasa. Conserva las experiencias anteriores. Permite reconocer una injusticia, imaginar una vida diferente y discutir qué clase de país queremos construir.
No es una decoración.
No es el entretenimiento que comienza cuando terminan las cosas importantes.
Es el territorio donde una sociedad aprende a leerse.
Por eso la educación pública y la cultura forman parte de una misma responsabilidad. Sin una educación pública fuerte, el acceso a esa conversación se convierte en un privilegio. Sin cultura, la educación corre el riesgo de ser reducida a una preparación para el mercado.
Un país también se construye con las obras que puede producir, las preguntas que está dispuesto a formular y el tiempo que ofrece para pensarlas.
La posición de Intervalo
Intervalo no nació para perseguir cada novedad.
Tampoco para acomodar la cultura dentro de una vidriera y volverla inofensiva.
Un archivo no consiste solamente en guardar papeles. Conservar una entrevista de 2004 implica decidir que allí existe algo que todavía merece ser leído. Volver a ponerla en circulación es una forma de intervenir en el presente.
El periodismo debe informar.
Pero también debe seleccionar, investigar, relacionar y construir una lectura de aquello que sucede. Toda selección expresa una mirada. Toda mirada contiene una posición. La honestidad no consiste en fingir que esa posición no existe, sino en exponerla y sostenerla con trabajo.
Esta es la posición de Intervalo.
Elegimos el rock argentino porque el rock es cultura.
Elegimos a Alejandra Pizarnik porque su escritura todavía abre una herida en nuestra lengua.
Elegimos a Haroldo Conti porque un territorio también puede defenderse mediante una narración.
Elegimos a Rodolfo Walsh porque investigar y escribir pueden ser formas de poner el cuerpo.
Elegimos volver a Gustavo Cordera y Jorge Lanata porque, desde lugares distintos y con todas sus contradicciones, construyeron voces capaces de intervenir en una época.
No los elegimos para convertirlos en estatuas.
Los elegimos para preguntarnos qué hicieron con el tiempo que les tocó.
Volver a construir una obra
Tal vez no falten músicos.
Tal vez no falten periodistas.
Tal vez falte el tiempo, la decisión o la confianza necesaria para volver a construir obras que no nazcan resignadas a desaparecer después del próximo movimiento de una pantalla.
La velocidad existe.
No vamos a detenerla.
Podemos, sin embargo, producir dentro de ella otros ritmos. Utilizar las plataformas sin entregarles la forma completa de nuestro pensamiento. Publicar una canción y seguir construyendo un disco. Comunicar una noticia y continuar investigando. Recuperar un documento y permitir que vuelva a discutir con el presente.
Intervalo intenta construir esa pausa.
No para abandonar su época.
Para poder leerla.
La revista permanece abierta sobre la mesa. Cordera todavía habla. Lanata todavía pregunta. Detrás de esas páginas, una banda acaba de intentar algo desmesurado: meter a la Argentina dentro de dos discos.
El papel no conserva solamente aquello que sucedió.
También nos devuelve una exigencia.
Es tiempo de hacer lecturas profundas. De recuperar la educación pública como el lugar donde un país aprende a pensar con otros. De devolverle a la cultura su lugar central. De construir voces que no le teman a la complejidad ni reduzcan una época a la medida de una pantalla.
Elegimos el rock porque el rock es cultura.
Elegimos la literatura porque la literatura es cultura.
Elegimos el periodismo porque todavía puede construir una voz.
Elegimos a la Argentina porque la Argentina debe ser cultura.
Documento: “La murga de los renegados”, entrevista de Jorge Lanata a Gustavo Cordera.
Publicación original: Rolling Stone Argentina, número 75, junio de 2004.
Fotografías: Inés Ulanovsky.
Documento perteneciente a: Archivo Intervalo.
Investigación y texto: Mar Martínez.
Dirección: Mar Martínez.
Producción editorial: Ediciones Tu Llave.
Publicación: Archivo Intervalo · Biblioteca del Rock Argentino.
Nota editorial: Esta publicación recupera la entrevista como documento cultural y propone una lectura crítica sobre el periodismo, el rock y las condiciones actuales de producción y circulación de las obras. No pretende establecer equivalencias ideológicas entre sus protagonistas ni clausurar las discusiones abiertas por sus trayectorias.


