ADRIÁN BERRA: DESAPRENDER PARA VOLVER A MIRAR

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
Diagonales

ADRIÁN BERRA: DESAPRENDER PARA VOLVER A MIRAR

PorMar Martínez

En las canciones de Adrián Berra, la tierra, los oficios, la infancia y los gestos cotidianos conservan un conocimiento que el ruido amenaza con volver invisible. No canta para imponer respuestas. Se acerca a las cosas, las toca y pregunta si todavía somos capaces de verlas. Plantar no es abrir un pozo, meter una raíz […]

En las canciones de Adrián Berra, la tierra, los oficios, la infancia y los gestos cotidianos conservan un conocimiento que el ruido amenaza con volver invisible. No canta para imponer respuestas. Se acerca a las cosas, las toca y pregunta si todavía somos capaces de verlas.

Plantar no es abrir un pozo, meter una raíz y devolver la tierra a su lugar.

Antes hay que sostener el tallo sin quebrarlo. Hundir los dedos para comprobar la humedad. Mirar durante cuánto tiempo el sol golpea ese rincón del patio. Después queda tierra debajo de las uñas, una bolsa abierta junto a la puerta y un hilo de agua que corre hacia donde no debía.

Levantar una pared tampoco consiste únicamente en apilar ladrillos. La mezcla se seca en las manos. La espalda encuentra una postura para soportar el peso. Hay que sacar la escuadra, calcular el cimiento y aprender que la humedad siempre descubre aquello que se hizo con apuro.

En esos trabajos mundanos existe una forma de conocimiento. Vive en la presión de los dedos, en la cintura que se inclina, en el oído que reconoce una herramienta por el ruido que hace al caer. Pasa de una persona a otra sin manuales. A veces sin palabras.

El cuerpo aprende primero.

Algo de esa sabiduría atraviesa las canciones de Adrián Berra.

Berra observa lo que la velocidad convirtió en fondo: una planta, una vereda, el juego de un niño, la mano de quien trabaja. No embellece esas cosas para volverlas importantes. Se detiene porque ya lo eran. Su escritura nace en ese intervalo mínimo, cuando lo conocido pierde por un instante su nombre y vuelve a presentarse ante nosotros.

UN MUNDO DEBAJO DEL MUNDO

Una casa puede ser apenas una casa hasta que una mancha vuelve a aparecer en la pared recién pintada. Entonces asoma la lluvia de otro invierno, la mano que pasó el rodillo y alguien que prometió reparar el techo cuando tuviera tiempo.

Nada termina del todo en su superficie.

En “Mundo”, una de las canciones centrales de Mundo debajo del mundo, Berra percibe dos realidades superpuestas. Una reclama atención, impone horarios y sube el volumen para convencernos de que es la única. La otra permanece abajo, cubierta por las capas que la costumbre deposita sobre las cosas.

¿Cuál de esos mundos es real?

La canción no clausura la pregunta. La deja girar. Allí aparece una de las decisiones más firmes de Berra: antes que conducir al oyente hacia una conclusión, modifica apenas el lugar desde el cual mira.

Debajo de la pared está la mano que la levantó. Debajo de la planta, alguien que supo cuándo llevarla a la tierra. Debajo de una palabra, todas las bocas que la dijeron. Y debajo del adulto continúa respirando el niño que tocó el mundo antes de aprender a clasificarlo.

Las canciones de Berra entran por esas grietas.

EL CONOCIMIENTO DE LAS MANOS

Nuestra época confía en aquello que puede medirse, mostrarse o transformarse rápidamente en información. Sin embargo, una parte de la experiencia humana sigue ocurriendo fuera de la pantalla.

Un albañil ve una pared y reconoce la humedad antes de apoyarle la palma. Una mujer levanta una maceta y sabe, por el peso, si la tierra necesita agua. Alguien toma una herramienta y advierte que está floja por una vibración casi imperceptible en el mango.

No es magia. Es tiempo alojado en el cuerpo.

En las canciones de Berra, lo cotidiano no funciona como decoración de una idea. Es el lugar donde la idea adquiere temperatura, roce y peso. La transformación no sucede en un territorio abstracto. Ocurre en la manera de caminar, de escuchar, de cultivar, de criar y de acercarse a los demás.

Por eso su música puede parecer sencilla en una primera escucha. Las melodías tienen cercanía y una voluntad lúdica. Las palabras no llegan vestidas para dar una lección. Sin embargo, debajo de esa superficie hay preguntas sobre la educación, el tiempo, la libertad, la naturaleza y el modo en que aprendimos a mirar.

Berra no abandona la canción para pensar.

Piensa dentro de ella.

DESAPRENDER NO ES BORRAR

“Desaprender” puede ser una puerta de entrada a su obra.

La palabra suele confundirse con la negación de lo vivido. Pero desaprender no es borrar. Es mover el cuerpo del lugar habitual y comprobar si aquello que dábamos por cierto todavía puede sostenernos.

A veces alcanza con subirse a una mesa.

La habitación sigue siendo la misma: la silla con ropa, la marca de un cuadro que ya no está, la pelusa detrás de la puerta, el rincón donde la pintura comenzó a levantarse. Nada desaparece. Pero cambia la distancia entre las cosas. Lo conocido recupera su extrañeza.

Desaprender exige soportar ese pequeño desequilibrio.

Es revisar lo que recibimos del miedo, de la obediencia o de la necesidad de ser aceptados. Preguntarnos cuánto de nuestras convicciones nació de una experiencia propia y cuánto llegó como una orden pronunciada tantas veces que terminamos confundiéndola con nuestra voz.

También es comprender que enseñar no equivale a ejercer poder.

Un adulto puede agacharse hasta la altura de un niño y seguir la dirección de su mirada. También puede observarlo desde arriba, corregir sus movimientos y entregarle una pantalla para que permanezca quieto. En el primer gesto hay una renuncia momentánea a la autoridad: el cuerpo adulto abandona su altura para entrar en otra percepción. En el segundo, sólo administra el silencio.

Para un niño, una piedra todavía puede ser una montaña; una rama, una herramienta; un charco, un territorio entero. La infancia no aparece aquí como una pureza perdida. Es el tiempo anterior a que la utilidad ocupe cada cosa y le cierre el sentido.

La pregunta no es cómo volver a ser niños.

Es cuándo dejamos de mirar antes de nombrar.

LAS PREGUNTAS DEL TRASHUMANTE

Hay algo de trashumante en Adrián Berra. No solamente por los territorios recorridos, sino por la forma en que transporta sus preguntas. Sus canciones avanzan recogiendo gestos, voces y saberes pequeños. No se instalan demasiado tiempo en una certeza.

En “Un beso en la nariz”, la canción que comenzó a circular de manera independiente y abrió el camino de su obra, el movimiento ya aparece como condición de la existencia. Todo gira: lo visible y aquello que todavía no alcanzamos a ver. La melodía es luminosa, pero debajo trabaja una intuición persistente: el mundo cambia incluso mientras lavamos una taza, esperamos un colectivo o creemos que nada está sucediendo.

Su recorrido puede leerse como el desplazamiento de una misma pregunta: ¿cómo habitar el mundo sin perder la capacidad de percibirlo?

Berra no responde mediante la agresividad ni construye un personaje encargado de corregir a los demás. Dice. Sugiere. Deja una imagen en movimiento y confía en que quien escucha encontrará su propia entrada.

Esa cautela no es falta de posición.

En un tiempo en el que muchas voces necesitan gritar para probar que existen, Berra sostiene la palabra sin empujarla sobre el otro. Sus canciones no buscan vencer. Abren un claro en medio del ruido y esperan.

LOS MOLINOS DE VIENTO

Quien construye una vida alrededor de una mirada termina preguntándose si no estará persiguiendo molinos de viento.

Uno trabaja, escribe, planta o levanta una pared sin saber si los demás reconocerán aquello que intentó hacer. Llega la noche. Quedan sobre la mesa los papeles, el mate lavado, una oración que todavía no encuentra su forma. El proyecto que durante el día parecía firme se vuelve extraño bajo la luz de la cocina.

¿Y si nadie comprende? ¿Y si la certeza era apenas obstinación? ¿Y si dedicamos años a construir algo que sólo nosotros alcanzamos a ver?

Berra no expulsa esas preguntas de su obra. Las deja caminar junto a sus convicciones. Porque una mirada no adquiere valor al imponerse, sino al sostener una forma honesta de sentir sin dejar de revisarse.

La duda puede entrar por los cimientos. No siempre viene a derrumbar la casa. A veces obliga a tocar la pared, reconocer la grieta y volver a preparar la mezcla.

UNA ZONA LLAMADA TUMÉ

Desde hace más de veinte años trabajo como periodista. Aprendí a buscar datos, escuchar voces, reconstruir hechos y hacer preguntas. Pero, al costado de ese oficio, fui levantando otro territorio.

Un pueblo ficticio llamado Tumé.

No aparece en los mapas. Sus calles, sus casas y sus habitantes fueron creciendo alrededor de una manera de mirar el mundo. En Tumé, una pared puede conservar la respiración de quienes vivieron detrás de ella. Una herramienta mantiene la forma de la mano que la usó. La tierra pegada a una zapatilla puede devolver una casa, una infancia o una pérdida.

Allí resguardo una parte de mi obra.

También una forma de escuchar.

Tumé nació de la sospecha de que ninguna experiencia humana termina en aquello que muestra. Los objetos recuerdan. Los cuerpos transmiten. Los oficios contienen una inteligencia que rara vez ocupa el centro. Una mujer barre y, en la manera de juntar el polvo, aparece su cansancio. Un hombre acomoda una silla antes de irse y deja, sin saberlo, una señal. Un niño apoya la oreja contra una puerta porque todavía cree que el mundo puede hablar desde cualquier parte.

Durante mucho tiempo construí ese pueblo como quien levanta una casa sin saber si alguien llegará a reconocerla.

Primero los cimientos.

Después una pared.

Más tarde, la marca de humedad.

Al escuchar las canciones de Adrián Berra sentí que su obra se acercaba a esa región. No porque nuestros mundos sean iguales ni porque recorramos el mismo camino. Berra llega con canciones. Yo, con historias. Pero ambos parecemos detenernos frente a ciertas cosas que el ruido empuja hacia los márgenes: lo que saben las manos, lo que guarda la tierra, la curiosidad de la infancia y la memoria que permanece dentro del cuerpo.

Berra no convierte lo cotidiano en una postal. Tampoco lo adorna para volverlo importante. Lo toca. Escucha qué tiene para decir y trabaja desde ahí.

En ese gesto reconocí algo.

No una respuesta.

Una cercanía.

Por eso quise distinguirlo en esta parte de la nota. Para hablar de su obra, pero también para aceptar lo que produjo en la mía. A veces otro artista llega desde lejos hasta una habitación que creíamos habitar en soledad. No trae las mismas cosas. No acomoda los muebles de la misma manera. Pero se detiene frente a la misma marca de humedad.

Entonces uno mira alrededor.

La casa sigue siendo la misma.

Pero ya no parece tan sola.

Quizás desaprender consista también en aceptar que una planta, una pared, una canción o un niño todavía pueden decirnos algo que no sabemos. Acercar el cuerpo. Ensuciarnos las manos. Permanecer un momento antes de ponerles un nombre.

Adrián Berra se queda ahí.

Escucha.

Después canta.

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