El lechuzón
Esta vez las cosas van a ser diferentes. Ella se niega a estar cerca de mí. Sin embargo, a pesar de su incansable antipatía, todavía mantengo cierta convicción: en algún momento, en estos eternos vaivenes de la vida, el destino nos permitirá volver a estar juntos. El amor es nostálgico en sí mismo. A veces […]

Esta vez las cosas van a ser diferentes. Ella se niega a estar cerca de mí. Sin embargo, a pesar de su incansable antipatía, todavía mantengo cierta convicción: en algún momento, en estos eternos vaivenes de la vida, el destino nos permitirá volver a estar juntos.
El amor es nostálgico en sí mismo. A veces nos llena de gozo; otras tantas, nos lastima. Es una especie de adicción. Tercos, orgullosos, desfachatados, todos terminamos enredados en su sintaxis. Es imposible zafar de semejante perdición.
Esa mañana, amputado por el amor, repleto de nostalgia, tragando mi propia saliva, intentaba trabajar mientras la máquina de café, ubicada cerca de mi cubículo, terminaba con mi paciencia. Hacía un ruido parecido al de una aspiradora vieja. Durante los descansos se volvía insoportable, despertaba mi parte más histérica, más violenta. La miraba de costado, pensando, repensando siempre la misma escena. Una parte de mí quería agarrar un bate de béisbol y destruirla.
Nuestro jefe era un tipo relativamente amable. Ese buen trato se desvanecía al momento de pasar en limpio las mínimas ventas que, con suerte, lográbamos conseguir durante el mes.
En ese momento era telemarketer de una reconocida empresa telefónica. Mi trabajo era angustiante, perturbador: un verdadero asco. Estaba enamorado de una compañera. Habíamos tenido un par de encuentros, nada fuera de lo normal. De un día para el otro, dejó de dirigirme la palabra.
Quizás no hubo química entre nosotros. Al menos eso pretendió insinuarme. Nunca acepté esas frases hechas; me daban repulsión. No soportaba la falta de vocabulario. Para ser sincero, no podía sacarla de mi mente.
Allá en Tumé, cuando recorrés los campos, entre los pastizales crece un yuyo que nosotros llamamos abrojo. Se prende a la ropa, pincha y puede acompañarte durante horas sin que te des cuenta de que todavía lo llevás encima.
Frente a mi escritorio —por llamarlo de alguna manera— estaba la máquina de café. Me incomodaba demasiado. Se había convertido en un tema recurrente, casi retórico. Por momentos, mi obsesión con ese aparato era tan perturbadora que terminaba sirviéndome de cable a tierra. Insultarlo de todas las maneras posibles, blasfemar contra él, era una forma bastante eficaz de sentirme un poco más vivo.
Los días en el laburo eran extremadamente rutinarios. A veces los clientes se limitaban a cortarte; otras, preferían insultarte antes de hacerlo. Yo terminaba triste, embroncado, cada vez más hundido en aquella silla. Imaginar que la máquina de café explotaba en pedazos conseguía arrancarme una sonrisa.
Mis viejos se separaron cuando yo era chico. Durante bastante tiempo vivimos solos con mi vieja. Ella vendió el negocio que tenía en Tumé e intentó escaparse de los quilombos en los que se había metido una amiga. Yo dejé la secundaria, me vine a Oberá y terminé trabajando en un lugar como este.
Mirta, otra amiga de mi vieja, siempre hablaba de un tipo que había caído en cana. En Tumé esas historias circulaban rápido. El Tripa, hijo de una mujer que se hacía la reformista, había sido muy amigo mío. Era un buen tipo, pero empezó a meterse con gente pesada. Primero fueron los grafitis en la calle, las cosas que rompía en el parque La Veleidad. Después empezó a meterse en los patios de las casas, a robar y, más adelante, a afanar autos para venderlos en los desarmaderos.
El problema era la droga. Al menos yo necesitaba pensar que era la droga, porque había conocido al Tripa antes de todo eso.
Los viejos se meten en sus propios líos, a veces se olvidan de que hay personas a su cargo. Nunca entendí demasiado esa parte. Las gallinas pueden pasarse horas protegiendo los huevos antes de que nazcan los pollitos. Los colibríes permanecen alrededor del nido hasta que los pichones empiezan a volar. Nosotros, en cambio, conseguimos complicarlo todo.
Tenía unos cuantos compañeros de laburo, aunque prácticamente no me relacionaba con ninguno. Siempre fui bastante cerrado. No soportaba a casi nadie.
Entre ellos había una chica nacida en Paraguay que tenía una voz fabulosa. Nunca pude entender qué hacía trabajando ahí. Se lo pregunté infinidad de veces; jamás supo darme una respuesta que me convenciera.
La estudiante de Turismo era otra historia. Todavía no entendía por qué había aceptado salir conmigo aquellas primeras veces. Me costaba imaginar cómo me veían los demás. Si la situación hubiera sido al revés, si yo hubiera sido ella, jamás habría puesto los ojos en mí.
Esa mañana, sin embargo, me levanté de buen humor. Preparé unos mates, miré un rato la televisión y me fui al laburo. Llegué con un entusiasmo que no era habitual en mí. Estaba convencido de que iba a vender mucho.
O, al menos, esa era la idea.
Hice el primer llamado. Notable fracaso. Hice el segundo, me cortaron. No me resigné. Había algo distinto en mí esa mañana, algo que me impedía reaccionar como siempre. Estaba hasta las manos con las deudas, casi no había logrado ventas durante la primera parte del mes y la estudiante de Turismo, sin darme demasiadas explicaciones, me había retirado hasta el saludo.
Los clientes me cortaban el teléfono como si yo no estuviera del otro lado. El escenario era miserable. Sin embargo, a pesar de todas esas pálidas, me seguía sintiendo bien.
Debía aprovechar ese espíritu.
En el tercer llamado, una señora me insultó. Cuando cortó, levanté la vista y miré la máquina de café.
Los palos de quebracho son extremadamente duros. Cuando intentás clavarles un clavo con el martillo, normalmente el clavo termina doblándose. Lo sacás, lo tirás y volvés a intentarlo. Si insistís lo suficiente, en alguna de esas ocasiones terminás pegándote un martillazo en el dedo.
Es física.
Sabía que cualquier reacción iba a terminar mal.
Arranqué el teléfono de mi escritorio, me levanté y, con toda la furia acumulada, lo lancé contra la máquina.
Hubo un cortocircuito.
Se apagaron todas las máquinas del piso.
Miré a mis compañeros. Nadie decía nada. Mi jefe tenía una expresión de absoluta desazón. Sonreí.
Agarré la billetera, las llaves de mi casa. Miré la puerta, no saludé a nadie, me fui.
¿Saben qué? No tenía la menor idea de cómo iba a conseguir otro laburo. Tampoco sabía cómo iba a enfrentar todas las deudas que tenía. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentía íntegro, sincero, casi puro. Ya no era aquel rebelde que había dejado el colegio. Tampoco el tipo que soportaba sentado ocho horas por día un trabajo que detestaba, enamorado de una estudiante de Turismo que probablemente me tenía lástima, obedeciendo a un jefe que ni siquiera me reconocía las ventas realizadas.
Algo tenía que surgir de aquella reacción.
Ese día era diferente.
Cuando tenía quince años estuve de novio con una chica llamada Maribel. Nos llevábamos realmente bien. Éramos compañeros, pero sobre todo éramos amigos. Podíamos mirarnos desde lejos, saber que algo le estaba pasando al otro. Ella y Petra, una amiga entrañable, eran mi lugar seguro en Tumé. El Tripa era nuestra otra parte, pero eligió otro camino. Nunca nadie me escuchó como Maribel. Nunca nadie me cuidó de esa manera.
Una mañana de agosto sonó el teléfono.
Era Petra.
Me contó que Maribel se había suicidado. La noticia llegó sin cuerpo, sin preámbulos. Todavía hoy no consigo entender esa distancia.
En Tumé las temperaturas suelen ser altas. Sin embargo, cuando llega la noche, antes de irte a dormir, tratás de que la cama de los pollos esté seca, de que la cucha del perro no tenga humedad. Querés que puedan descansar bien.
Nuestra amiga había muerto.
Petra estaba en Buenos Aires. Se había enterado por un mensaje de texto que le había mandado Tatiana. Pero necesitaba mi frazadita para recibir esa noticia.
Me quedé helado. Sentí como si un tren hubiera pasado por encima de mí, como si me hubiera arrancado los brazos y las piernas.
Maribel y yo habíamos sido uno. De repente, éramos nada.
Su presencia, su voz, sus caricias ya no formaban parte de mi vida. Golpeé las paredes de mi casa hasta lastimarme los nudillos. No sabía qué hacer con las manos. Todo en mi cuerpo sobraba. Me odiaba. Tampoco sabía qué hacer con todo lo demás.
Las plantas de maracuyá son delicadas. Muchas veces, cuando las trasplantás, no resisten el cambio, terminan muriendo.
Larralde sonaba en mis auriculares.
«Cada cosa es un pájaro con el nido cambiado que resigna a quedarse y vuelta de repente».
No podía.
El hombre se apresura. No delimita, no discierne. Algo le quema en las manos y lo escupe, como quien lanza una puñalada al aire. La desgracia ajena, en el fondo, nos vuelve vivaces. Somos perversos.
Petra había perdido a dos hermanas. Era demasiado. Ella sabía lo que Maribel significaba para mí.
Y yo la culpé.
Durante mucho tiempo la culpé.
Y, sin embargo, esa mañana me sentía plenamente vivo.
Había sido perverso, agresivo, violento. Y ese día, en medio de aquel estallido, como las flores cuando aparecen con una fuerza extraordinaria en primavera, tenía brillo.
No por haber destruido la maldita máquina de café.
O sí.
Tampoco por el trabajo que acababa de dejar. Mi vida, a esa altura, era un desastre, pero había conseguido algo: nadie iba a poder regocijarse con mi fracaso. Todos habían quedado atrás, sorprendidos ante mi violencia. La chica paraguaya de la voz fabulosa, la estudiante de Turismo, mi jefe, el resto de mis compañeros.
Salí de ahí lleno de dignidad y de ira, sonriendo. Había tomado una decisión y eso, al menos para mí, me hacía diferente a ellos.
Uno, por comodidad, por ignorancia o simplemente por las circunstancias que impone la vida, termina siguiendo órdenes y estructuras para tratar de congelar lugares seguros.
Las tigresas no siempre tienen a sus cachorros en el mismo lugar. Protegerlos de todo, incluso de sus padres, es una tarea seria. Buscan un lugar, lo preparan, lo utilizan y después se van.
Nosotros hacemos otra cosa. Acomodamos las ideas para convencernos de que estamos eligiendo. Filósofos, anarquistas, pensadores de izquierda, de derecha, liberales, neoliberales, religiosos, agnósticos: todos justificando existencias. Espacios culturales sostenidos por el Estado, bohemios hablando de economías alternativas, tipos exitosos que necesitan que los demás los miren para sentirse vivos.
Todos atrapados.
Yo también lo había estado.
Esa mañana, aunque fuera por un instante, había roto el molde. El mismo molde que llevaba años solidificando a regañadientes.
Pensé en Maribel.
Durante unos segundos llegué a preguntarme si ella también había roto el molde, si su muerte había sido eso: una manera definitiva de salirse de todo.
La idea me produjo rechazo. Las plantas rompen las sogas que las sujetan a los tutores; no se quedan ancladas a ellos para secarse.
No quería pensar en ella de esa manera.
Salí del edificio y empecé a caminar. Recordé a Petra al teléfono. Recordé a Maribel.
Todo se mezclaba.
La primera vez que le regalé una rosa a Maribel me sentí un hombre. Creo que fue el momento de mi vida en que más hombre me sentí. Todo lo que vino después fue natural; de una manera u otra, a todos nos pasó. Pero regalar aquella rosa había sido distinto. Sentí que estaba protegiendo a alguien, agasajándola, hablándole en silencio al oído.
Algo de aquella sensación volvió mientras caminaba.
Sentía el cuerpo más liviano. Levantaba la cabeza. Miraba a los demás directamente a los ojos.
Era el rey de la calle.
O, al menos, eso sentía.
Fui hasta mi departamento, metí algunas pertenencias en un bolso y me fui hasta la estación de Oberá. Compré un pasaje a Buenos Aires.
Cuando el colectivo arrancó, respiré profundo.
Miré por la ventanilla.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba yendo hacia algún lugar.
El viaje fue increíble. Estaba tranquilo. Iba a visitar a Petra y necesitaba expresar todo lo que estaba sintiendo. Petra iba a enterarse, por primera vez, de mi dolor.
Casi levitando de plenitud, pude distinguir los paisajes, mirar un poco más allá. Observé el dolor de la gente, la tristeza, el agotamiento. Cuando las vacas están enfermas, los ojos las delatan: se les llenan de lagañas, se arrinconan y les cuesta mantener la cabeza erguida.
Antes de todo aquello había estado verdaderamente ciego. La rutina, la bronca y la mediocridad me tenían paralizado. Hacía meses que no levantaba la cabeza para mirar las estrellas. Había renunciado a mirar a las personas. Me había vuelto inmune a ellas. Había renunciado a sentirme vivo.
Con la muerte de Maribel, mi vida se había desvanecido, esfumado en el tiempo. Estaba perdido. Habían abierto el corral y yo no quería salir. Tampoco moverme. Solo comía, tomaba agua y dejaba pasar las horas, como los pollos parrilleros detenidos en un galpón.
El estallido de aquella insoportable máquina de hacer café me había despertado. Me había devuelto la vida.
Volví a sentir los latidos de mi corazón. Volví a extrañar. Volví a recordar el amor. Los cordones de mis zapatillas estaban negros de tanto pisarlos. Antes de subir al colectivo, me los até.
Algo de mí se había dormido con Maribel. Esa catarata de expresión, de verborragia, de rosas, había desaparecido.
Los border collie son extraordinarios para arrear vacas. Cuando terminan el trabajo, se acercan, rozan la cabeza contra tus piernas, pidiendo, a su manera, una caricia.
Revisé mi billetera. Solo tenía seiscientos pesos. Invitar a una mujer, tratar de conquistarla, no era una posibilidad. Me quedaba aguantar. Al llegar a Buenos Aires buscaría una solución.
Había arreado vacas durante muchos años.
A mi lado viajaba una chica de unos dieciséis años.
Empecé a mirarla de costado. Al principio creí que no se daba cuenta. No me reconocía. El corazón me latía con fuerza. Sentía la sangre correr por mi cuerpo. Algo se había formado en mi pecho, no conseguía detenerlo.
Estábamos por llegar a Buenos Aires cuando comprendí que la chica sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Intentaba apartarse de mí. Buscaba cubrirse. Estaba incómoda.
Yo lo veía.
Y no paré.
Ella estaba desesperada por llegar. Yo había perdido cualquier límite. Todo aquello que durante el viaje había llamado plenitud, libertad, empezaba a convertirse en otra cosa.
Comencé a hablarle al oído. Le dije cosas que yo no quería escuchar en mi boca. Segundos antes de llegar a la estación, la amenacé.
La chica se quedó inmóvil.
Me abalancé sobre ella. La sujeté. Lagrimeaba. En su rostro había impotencia, desesperación.
Yo podía verlo. Podía sentir ese no a gritos.
Tristemente, me sentí todavía más poderoso.
Los dogos tienen una mandíbula poderosa. Cuando muerden, pueden sostener la presa durante mucho tiempo. Conocen su instinto.
Y no paran.
El colectivo se detuvo. Ella bajó sin mirarme. Yo hice lo mismo unos segundos después. Cada uno siguió su camino.
Me acerqué a uno de los choferes casi desesperado, le pregunté si cerca de allí había algún albergue. El tipo entendió enseguida. Sonrió, como si acabáramos de establecer una complicidad estúpida, me explicó que a unas pocas cuadras había un departamento privado. Allí vivían dos dominicanas. Según él, me iban a hacer olvidar de todo.
Caminé seis cuadras hasta llegar a la dirección indicada.
Era un edificio sencillo, pintado de gris. Toqué el portero del segundo piso, departamento C. Segundos después escuché la voz de una mujer. Tenía un acento que no conseguí reconocer del todo. Me preguntó quién era.
—Vengo en busca de un servicio completo.
Escuché unas risas.
—Pasá, chiquitín.
Entré confiado. Tomé uno de los ascensores, pintado de un beige bastante opaco, y subí hasta el segundo piso.
Al llegar me atendió una joven de piel morena, robusta. Llevaba un short tipo pollera negro y un corpiño estampado con líneas perpendiculares en tonos lila y violeta.
El departamento era un monoambiente. A un costado estaban la cocina y la heladera; enfrente, un par de sillas; del otro lado, una cama matrimonial separada del resto por una vieja sábana blanca que pretendía, sin demasiado éxito, generar intimidad. En el centro había una mesa de pino bastante vieja.
Se abrió la puerta del baño y apareció otra mujer, también de piel morena, más menuda, algunos años mayor.
—Hola, amoroso. Así que venís por un servicio completo. Son quinientos pesos. Pasá, ponete cómodo, esperanos.
Asentí sin decir nada. Fui hasta la supuesta habitación, me saqué el pantalón y la remera. Me senté, en ropa interior, a los pies de la cama.
Segundos después se acercaron las dos.
Yo había ido hasta allí buscando exactamente eso.
Mi abuela tenía un pequinés. Cuando le cambiaba los trapos donde dormía, empezaba a dar vueltas por toda la casa. Ladraba. Se lo veía incómodo. Como si esos trapos nuevos no fueran parte de él. Como si, de repente, la casa de mi abuela ya no fuera su lugar.
Me sentía sucio.
No quería llegar hasta el final.
En medio de aquella confusión empujé con furia a la mujer más robusta y golpeé con la rodilla a la más menuda.
Esperé una reacción.
Las dos me miraron.
—Por fin te despertaste.
No entendía nada. No comprendía aquella reacción. El olor, la textura de los trapos, todo se había vuelto indigerible.
Las miré.
Ellas esperaban.
Cuando domás un caballo, lo hacés girar sobre su propio eje. Se arma una tensión entre el domador y el animal. Cada uno espera el movimiento del otro.
Al costado de la cama había un velador de hierro.
Lo agarré.
Y las golpeé.
La mujer más robusta intentó defenderse. Seguí golpeándolas hasta que dejaron de resistirse.
Las sábanas blancas empezaron a teñirse de rojo. Durante unos minutos hice con ellas lo que quise.
Después, todo quedó en silencio.
Me di un baño, recogí mis pertenencias, y abandoné el edificio.
Los grandes felinos se enfrentan por aparearse. Nosotros, en cambio, pagábamos por cuerpos que no deseábamos, después llamábamos placer a una reacción física.
Pensé en la chica del colectivo. Pensé en su ropa. En su cuerpo. En la manera en que se había vestido.
Podía encontrar una explicación para mi violencia, para mi intolerancia.
Ellas.
Yo.
La muerte.
Cuando caminás de noche por el campo, a veces escuchás un silbido. Sentís su recorrido. Escuchás pasos detrás de vos. Te das vuelta.
No hay nada.
A veces sentís miedo. Otras, algo parecido al dolor del sacrificio, a la experiencia de una sensación que no terminás de comprender.
Una noche mi tío me había pedido que encerrara las gallinas. Había un lechuzón parado sobre uno de los postes del alambrado. No dejaba de mirarme.
Esa noche sí tuve miedo.
No del lechuzón.
De mi propia cobardía.
La majestuosidad de aquel animal me había amedrentado.
La máquina de café seguía ahí.
Cabeceé mientras intentaba vender algo. Me había dormido durante unos minutos. No sabía cuánto tiempo. Afortunadamente, nadie se había dado cuenta. Estaba lejos de la oficina de mi jefe y el cubículo me había permitido esconderme.
El sonido errático de aquel motor me despertó.
Miré la máquina.
Era tiempo de elegir no tener miedo.
No quería seguir mirando el piso.
Tampoco quería convertirme en ese lechuzón.
Sí quería atarme los cordones de las zapatillas.
