EL BRAZO DEL RÍO

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
DETRAS DE LAS PAREDES

EL BRAZO DEL RÍO

PorMar Martínez

Mi nombre es Petra Cárdenas. Durante años creí que las personas nacíamos enteras y que después la vida comenzaba a quitarnos partes. Una hermana. Una madre. Una casa. La confianza en alguien. La forma de dormir sin dejar un oído despierto. Ahora pienso otra cosa. Pienso que nadie nace entero. Somos pedazos que aprendieron a […]

Mi nombre es Petra Cárdenas.

Durante años creí que las personas nacíamos enteras y que después la vida comenzaba a quitarnos partes.

Una hermana.

Una madre.

Una casa.

La confianza en alguien.

La forma de dormir sin dejar un oído despierto.

Ahora pienso otra cosa.

Pienso que nadie nace entero.

Somos pedazos que aprendieron a permanecer juntos.

A las cinco de la mañana, el mar tiene un ruido que no se parece a ningún otro. Desde la ventana del hotel parecía respirar contra los edificios. Me puse el pantalón, guardé el teléfono en el bolsillo, agarre una camperita y bajé sin acomodarme el pelo.

La arena estaba fría.

Caminé hasta que el agua me cubrió los tobillos. Cada ola me hundía un poco más los pies. Cuando retrocedía, dejaba alrededor de mis dedos un borde que no era perfecto, como si el mar hubiera intentado dibujarme y se hubiera arrepentido.

Yo también me había arrepentido de este viaje.

Había dejado a Augusto en Buenos Aires sin decirle nada.

Pero antes de Augusto estuvieron todos los otros.

Mi hermana Sara pasaba gran parte del día en una silla de ruedas. La enfermedad le había ido cobrando el cuerpo por partes, aunque en casa nadie utilizaba esas palabras. Se hablaba de tratamientos, de turnos, de estudios. Mi madre llevaba una carpeta con folios transparentes donde guardaba cada resultado. Cuando salíamos, comprobaba tres veces que la rampa estuviera bien apoyada.

Después estaba Micaela.

Micaela decía una frase y todos se reían. A veces no era siquiera una frase completa. Le alcanzaba con sonreír o pronunciar mal una palabra para que la mesa girara hacia ella.

Yo permanecía al costado.

No sufría por eso. O al menos no sabía todavía que se podía sufrir por no ser mirada. Me sentaba en el piso a dibujar, apoyaba la espalda contra una pared y entraba en mis mundos. Así los llamaba. Mis mundos.

Allí nadie necesitaba que yo hiciera reír.

Micaela murió en un accidente.

Esa tarde yo estaba en la casa de mi prima. Recuerdo el olor del jabón del baño y una mancha de humedad sobre la bañera. Recuerdo que mi tía entró a la habitación sin golpear y que, antes de hablar, me sostuvo los dos brazos.

De lo que ocurrió después en casa conozco apenas fragmentos. Algunos los vi. Otros me los contó mi papá muchos años más tarde, mientras tomábamos unos mates de madrugada.

Los gritos empezaron aquella noche.

Él fue responsable de muchos.

—Perdóname —me dijo una vez.

El agua ya se había enfriado dentro del termo. Horacio mantuvo el mate entre las manos, aunque no quedaba nada por cebar.

No le contesté.

Mi padre había tomado todo lo que se podía tomar. Había aspirado, tragado todo. También había lastimado. A nosotros. A él. A las paredes de las casas donde vivimos.

Mi madre se fue.

Paloma armó otra familia y tuvo dos hijos varones. Yo me quedé con Sara. Durante mucho tiempo pronuncié la palabra abandono únicamente cuando estaba sola. La decía frente al espejo, sin sonido, solo moviendo mi boca. A veces jugaba con esa gesticulación.

Alejandro, un amigo de mi papá que había estado en Malvinas, nos prestó una quinta en las afueras de Tumé. Nos habían desalojado por falta de pago y él nos ayudo.

Nos fuimos a vivir allí los tres.

Mi padre comenzó a pintar cuadros. Sara se quedaba debajo de la galería mirando cómo cambiaba la luz sobre el terreno. Yo pasaba el día en el patio. Regresaba con barro en las rodillas, hojas pegadas al pelo y los brazos marcados por las ramas.

Fueron los años más felices de mi vida.

Quizás por eso recuerdo tan poco.

La felicidad no deja la misma cantidad de pruebas.

Una mañana preparábamos el desayuno. Mi padre puso tres tazas sobre la mesa. Yo corté el pan. Después Horacio fue a despertar a Sara.

La llamó desde la puerta.

La volvió a llamar junto a la cama.

El agua hirvió hasta consumirse dentro de la pava.

Sara no se despertó.

Su enfermedad había venido a cobrar lo que faltaba.

Durante varias semanas continuamos poniendo tres tazas sobre la mesa. El error se producía siempre de la misma manera: mi padre abría la alacena, tomaba una taza, después otra y, antes de alcanzar la tercera, dejaba la mano suspendida.

Un mes más tarde terminé el secundario.

Me fui a La Plata, donde vivía Paloma con mis medios hermanos. Duré poco. En aquella casa había fotos de una familia de la que yo no formaba parte. Cumpleaños, vacaciones, primeros días de clase. Mis hermanos sonreían con los dientes todavía pequeños. Mi madre aparecía detrás de ellos, con una mano sobre cada hombro.

Una tarde discutimos.

No recuerdo cómo empezó. Recuerdo el cuerpo de Paloma bloqueando la puerta y a mis hermanos detenidos en el pasillo.

—Nos abandonaste —le dije.

Ellos no conocían esa historia.

La palabra quedó en el medio de la casa. Nadie pudo volver a guardarla.

Me fui a Buenos Aires a la casa de mi tía, la hermana de mi papá. Comencé a estudiar. Durante esos primeros años mi padre consiguió trabajo como fiscal y se instaló también en la ciudad. Nos hicimos compañía. No hablábamos demasiado del pasado. Íbamos al cine, cocinábamos, caminábamos. A veces alcanzaba con recibir un mensaje de él para saber que seguía allí.

Hasta que viajó al sur.

Mucho después supe que una prima nuestra había sido secuestrada cerca de una plaza de la calle Díaz Vélez. Un video llegado a la fiscalía hizo sospechar que podían haberla llevado hacia el sur. Horacio fue a buscarla.

Volvió distinto.

No había regresado a los excesos. Era sobrio, meticuloso, responsable. Llegaba a horario. Respondía cada llamada. Pero detrás de sus ojos había quedado un lugar al que ninguno de nosotros podía entrar.

Tiempo después volvió a viajar al sur para continuar con la investigación.

Cuando regresó por segunda vez, ya no era un hombre distraído ni triste.

Era un hombre ausente.

Entonces conocí a Augusto.

Tocaba la guitarra con una rítmica extraña. No sabría explicarla. Su mano derecha parecía demorarse una fracción de segundo antes de caer sobre las cuerdas. Esa demora modificaba todo. Yo esperaba el golpe que conocía y él producía otro.

Podía mirarlo durante horas.

Pensé que junto a él recuperaría toda la felicidad que me había faltado. Como si la vida llevara una cuenta. Como si, después de tantos muertos, abandonos y habitaciones vacías, alguien debiera devolverme lo perdido.

Me costó acercarme.

Augusto no me apuró. Dejaba una taza para mí junto a la suya. Me preguntaba si había comido. Preparaba la cama antes de acostarnos. Aprendió que no soportaba dormir con una puerta entreabierta.

Fue esa intimidad la que me dio miedo.

No hablo solamente del cuerpo desnudo. Hablo del roce cotidiano. De que alguien sepa cómo respirás antes de dormir. De que pueda reconocer, por la manera en que dejás un vaso, que algo empezó a dolerte.

Cuando Augusto se acercaba, a veces sentía sobre su piel el perfume de mi madre.

Si levantaba la voz desde otra habitación, los gritos de Horacio volvían a golpearme la espalda.

Algunas noches despertaba con olor a alcohol dentro de la boca.

No era Augusto.

Nunca era Augusto.

Pero mi cuerpo no conocía la diferencia.

Una madrugada esperé a que se durmiera, junté algo de ropa y me fui. No llamé a mi tía. No le avisé a mi padre.

Tomé un colectivo a Mar del Plata.

Quería ver el mar.

Allá en Tumé, el río había sido mi lugar seguro. El agua pasaba sin preguntar quién faltaba en la mesa. Yo podía sentarme en la orilla y hundir los dedos en el barro. Cuando los sacaba, las uñas quedaban oscuras durante días.

El río conocía mi origen.

Pero necesitaba saber si mi voz podía llegar más lejos.

Caminé por la playa hasta que salió el sol. En la superficie del agua apareció una sombra larga y quebrada. Era mi cuerpo, aunque ninguna de sus proporciones me pertenecía por completo.

Por primera vez no intenté corregirla.

No culpé a Paloma.

No defendí a Horacio.

No pensé en Sara ni en Micaela.

Tampoco pensé en Augusto.

Dejé que el agua me cubriera los pies y se retirara.

Cada ola se llevaba una parte de la arena que me sostenía. Yo descendía apenas. Unos milímetros. Después el cuerpo encontraba otra forma de permanecer.

Comprendí que era un brazo del río.

No el cauce completo. No el origen. Apenas una parte que había atravesado barro, ramas y restos arrastrados por otras tormentas. Una corriente angosta que, a pesar de todo, había conseguido alcanzar el mar.

Regresé a Buenos Aires.

Durante el viaje imaginé una casa con Augusto. Lo vi sentado en el piso, enseñándoles a nuestros hijos a tocar la guitarra. Vi sus manos sobre las manos pequeñas, transmitiéndoles aquella demora extraña antes de golpear las cuerdas.

Le mandé un mensaje.

No respondió.

Esperé hasta la noche y volví a escribirle.

Tampoco respondió.

Su silencio fue peor que una discusión. No tenía una frase contra la cual defenderme ni una puerta que pudiera cerrar. Solamente la luz del teléfono encendiéndose entre mis manos cada vez que creía escuchar una vibración.

Pasaron los días.

El agua siguió circulando, pero ya no con la misma fuerza.

Quise buscar una explicación. Agarré un libro de la biblioteca de mi tía, me estaba alojando allí. Leí a Arlt como si alguno de sus hombres rotos pudiera decirme qué hacer con mis propias ruinas. Escuché música. Dibujé cuerpos formados por manos distintas. Pensé en el cadáver exquisito: cada persona interviene una parte sin conocer el dibujo completo.

Paloma había trazado una línea.

Horacio, otra.

Micaela dejó una zona de luz. Sara, el peso de una silla bajo la galería. Augusto dibujó una mano detenida sobre las cuerdas.

Yo había querido encontrar una piedra capaz de convertir todos esos fragmentos en una sola materia.

No existía.

Mi cuerpo era el dibujo completo.

También era sus errores.

Todavía hay mañanas en las que me despierto con un duelo atravesado en la garganta y no consigo reconocer a quién pertenece. Hay días en que el perfume de una mujer me obliga a bajar del colectivo. Noches en las que reviso dos veces una puerta que ya cerré.

No he dejado de ser contradictoria.

Puedo amar y escapar.

Puedo cuidar a alguien y lastimarlo.

Puedo regresar demasiado tarde.

Pero ya no quiero crecer de esta manera: dejando que aquello que no nombro vaya apagando las habitaciones detrás de mis ojos.

No quiero parecer sobria, seria y responsable mientras permanezco en otra parte.

No quiero que alguna vez los otros —sean quienes sean— me miren a los ojos y descubran que ya no estoy.

Mi nombre es Petra Cárdenas.

Soy un brazo del río.

No llegué limpio hasta el mar.

Llegué.

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