BRILLA LA LUZ PARA ELLAS: LAS MUJERES QUE EL ROCK DEJÓ FUERA DE CUADRO

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BRILLA LA LUZ PARA ELLAS: LAS MUJERES QUE EL ROCK DEJÓ FUERA DE CUADRO

PorMar Martínez

Romina Zanellato reconstruye seis décadas de música argentina y demuestra que las mujeres no estuvieron ausentes de la historia del rock. Estuvieron tocando, escribiendo, fotografiando, produciendo y cargando equipos mientras otros decidían hacia dónde apuntar la luz. Libro: Brilla la luz para ellasAutora: Romina ZanellatoEditorial: MareaPublicación: 2020Recorrido histórico: 1960–2020Sección: Biblioteca del Rock Argentino · Intervalo […]

Romina Zanellato reconstruye seis décadas de música argentina y demuestra que las mujeres no estuvieron ausentes de la historia del rock. Estuvieron tocando, escribiendo, fotografiando, produciendo y cargando equipos mientras otros decidían hacia dónde apuntar la luz.

Libro: Brilla la luz para ellas
Autora: Romina Zanellato
Editorial: Marea
Publicación: 2020
Recorrido histórico: 1960–2020
Sección: Biblioteca del Rock Argentino · Intervalo

Antes de un recital hay una sala vacía.

Huele a madera, cables, humedad y tela guardada. Los amplificadores esperan contra una pared. Alguien prueba un micrófono. Otra persona se agacha para seguir un cable con la mano y descubrir por qué no llega señal. En el piso quedan marcas de cinta, vasos de plástico y una púa que nadie volverá a reclamar.

Después se encienden las luces.

Durante décadas, cuando el rock argentino contó esa escena, enfocó casi siempre a los mismos cuerpos.

Los hombres aparecían en el centro: componían, tocaban, discutían, se excedían, fundaban bandas y protagonizaban las grandes rupturas. Alrededor de ellos, muchas mujeres quedaban reducidas a una fotografía, un romance, un coro, una colaboración o una nota al pie.

Sin embargo, estaban allí.

Afinaban guitarras. Escribían canciones. Cantaban cuando una parte del público todavía creía que podía responder con un botellazo. Organizaban fechas, tomaban fotografías, conseguían salas, escribían en revistas, manejaban artistas, conectaban cables y esperaban junto a una consola que alguien les permitiera demostrar que sabían utilizarla.

El problema nunca fue su ausencia.

Fue el lugar donde la historia decidió ubicarlas.

QUIÉN SOSTIENE LA LUZ

En Brilla la luz para ellas, Romina Zanellato no agrega nombres femeninos a una historia ya terminada. Hace algo más incómodo: revisa la forma en que esa historia fue construida.

¿Quién eligió a sus protagonistas?

¿Quién decidió qué discos merecían permanecer?

¿Quién tenía acceso a un estudio, a una entrevista o al escenario principal?

¿Quién podía equivocarse sin que su error fuera atribuido a todo su género?

El rock se presentó a sí mismo como una fuerza de rebelión. Discutió la moral familiar, enfrentó censuras, modificó la lengua y le dio a distintas generaciones una manera de reconocer su inconformidad. Pero dentro de esa cultura que se proclamaba libre continuaron funcionando viejas jerarquías.

Un varón rebelde podía convertirse en mito.

Una mujer rebelde debía primero justificar por qué estaba allí.

Zanellato investiga esa contradicción sin expulsar a las mujeres hacia una historia paralela. No escribe un apéndice femenino del rock argentino. Devuelve a músicas, periodistas, fotógrafas, técnicas, representantes y trabajadoras de prensa al espacio común que ayudaron a construir.

La luz del título no inventa sus trayectorias.

Permite verlas.

LAS QUE ESTUVIERON DESDE EL PRINCIPIO

A finales de los años sesenta y durante los setenta, el rock argentino comenzó a construir sus primeros relatos fundacionales. Los nombres, los discos y los lugares de encuentro pasaron de boca en boca hasta adquirir la consistencia de un origen.

En ese relato, muchas mujeres quedaron desenfocadas.

Cristina Plate, Gabriela, Carola, Mirtha Defilpo y María Rosa Yorio aparecen en el trabajo de Zanellato no como rarezas surgidas alrededor de una escena masculina, sino como parte de la materia con la que esa escena fue construida.

Cantaron y escribieron en un territorio que todavía no sabía cómo mirarlas.

Una mujer podía subir al escenario, pero debía soportar que su cuerpo fuera evaluado antes que su música. Podía componer, aunque con frecuencia se buscara detrás de la canción la influencia de algún hombre. Podía formar parte de una banda, siempre que aceptara ocupar el sitio que otros habían imaginado para ella.

Cada movimiento tenía un peso adicional.

Antes de tocar había que convencer.

Antes de cantar había que resistir.

Antes de ser escuchada había que demostrar que no se estaba allí por accidente.

El escenario no era solamente un rectángulo de madera. Era una frontera.

EL CUERPO BAJO LA MIRADA

Un botellazo no es una idea.

Tiene peso. Sale desde algún punto del público, atraviesa las luces y obliga al cuerpo a moverse. A veces golpea. Otras cae cerca y se rompe contra el piso. Durante unos segundos, el olor de la bebida se mezcla con el polvo, el calor de los equipos y la electricidad de los cables.

Después hay que seguir cantando.

Esa violencia no puede reducirse a una anécdota pintoresca del viejo rock. Expresa una disputa concreta por el espacio. Una parte del público no rechazaba solamente una canción: respondía ante un cuerpo que había ocupado un lugar que no le había sido asignado.

Las mujeres debieron aprender a tocar bajo esa mirada.

Demasiado femeninas para ser consideradas rockeras.

Demasiado duras para cumplir con aquello que se esperaba de una mujer.

Demasiado visibles cuando mostraban el cuerpo.

Invisibles cuando reclamaban autoría, conocimiento técnico o capacidad de decisión.

La contradicción no tenía una salida limpia. Cualquier movimiento podía ser utilizado para devolverlas al margen.

Por eso Brilla la luz para ellas también es una historia corporal del rock argentino. No registra únicamente discos, fechas y nombres. Reconstruye lo que significaba entrar a una sala, cargar un instrumento, acercarse al micrófono y saber que el error propio sería observado de una manera diferente.

LOS OCHENTA: GANAR EL CENTRO SIN DEJAR DE PELEARLO

Durante los años ochenta, más mujeres comenzaron a ocupar espacios de mayor visibilidad. Fabiana Cantilo, Celeste Carballo, Patricia Sosa y otras artistas ampliaron la escena y modificaron las posibilidades de quienes vendrían después.

Sus voces sonaban en las radios.

Sus rostros aparecían en televisión.

Las salas se llenaban.

Pero la visibilidad no eliminó las condiciones desiguales. Una mujer podía alcanzar el centro y continuar siendo presentada desde sus relaciones sentimentales, su apariencia, sus excesos o su cercanía con músicos varones.

La obra quedaba rodeada por preguntas que a ellos rara vez se les hacían.

Ellas debían hablar de la ropa, del cuerpo, de la pareja, de la maternidad y de los hombres con quienes habían trabajado. El disco esperaba al costado, todavía cerrado dentro de su sobre.

La prensa especializada también formaba parte de esa maquinaria. No sólo por lo que escribía, sino por aquello que no preguntaba. Una entrevista puede iluminar una obra. También puede encerrarla dentro del prejuicio de quien sostiene el grabador.

Zanellato incluye a las periodistas porque comprende que la historia del rock no fue construida únicamente sobre los escenarios. También se escribió en redacciones, radios, estudios fotográficos y oficinas donde alguien decidió qué nombre entraba en una página y cuál quedaba afuera.

EL UNDER COMO REFUGIO Y LABORATORIO

A partir de los noventa, la participación de mujeres y feminidades se multiplicó y diversificó. El mainstream continuó administrando sus espacios con resistencia, pero debajo de esa superficie crecieron otros circuitos.

Salas pequeñas.

Centros culturales.

Casas ocupadas.

Fanzines fotocopiados.

Escenarios armados con pocas luces y equipos compartidos.

El under funcionó como refugio porque allí podían construirse espacios que la industria todavía negaba. Pero también fue un laboratorio. En esos lugares aparecieron otras formas de organizarse, producir, tocar y vincularse con el público.

No había que esperar siempre la autorización de un productor.

Una fecha podía organizarse entre varias. Una fotógrafa registraba lo que los medios ignoraban. Una periodista escribía el nombre de una banda antes de que existiera una oficina de prensa interesada en difundirla. Alguien prestaba un amplificador. Otra persona diseñaba el volante, manejaba la puerta o dormía los instrumentos en su casa hasta el próximo recital.

La historia del rock también está hecha de esos movimientos.

Una mano levantando un equipo por una escalera angosta.

Una guitarra viajando en colectivo.

El olor de una fotocopia recién salida.

Una lista de canciones escrita con birome y pegada al piso con cinta.

NO SÓLO DELANTE DEL MICRÓFONO

Uno de los aportes centrales de Brilla la luz para ellas es ampliar la definición de quién construye una cultura musical.

El rock no existe únicamente cuando una banda empieza a tocar.

Antes hubo alguien que consiguió el lugar, produjo la fecha, revisó el sonido, escribió una gacetilla, tomó una fotografía, llamó a una radio, diseñó una tapa o acompañó a un grupo durante una gira.

Las mujeres ocuparon esos trabajos incluso cuando el reconocimiento público permanecía concentrado en los músicos varones. Muchas veces sostuvieron la escena sin aparecer en la imagen que después intentaría representarla.

Zanellato las devuelve al cuadro.

Managers. Periodistas. Fotógrafas. Técnicas. Trabajadoras de prensa. Productoras. Personas que hicieron posible que una canción atravesara la puerta de una sala y llegara hasta otro cuerpo.

Contar sus experiencias no es apartarse de la historia musical.

Es contar cómo la música consiguió existir.

EL ARCHIVO TAMBIÉN DECIDE

Una fotografía guardada dentro de una caja puede modificar una historia.

Alguien la encuentra, limpia el polvo del borde y reconoce a una mujer sosteniendo una guitarra en un escenario donde, según el relato dominante, casi no había mujeres. Después aparece un volante, una grabación, una entrevista breve o el recuerdo de quien estuvo allí.

El archivo no es un depósito neutral.

Aquello que se conserva tiene más posibilidades de convertirse en memoria. Lo que no fue registrado comienza a parecer que nunca sucedió.

Por eso la investigación de Zanellato tiene un peso político. Reúne documentos, testimonios e imágenes para discutir una ausencia fabricada. El libro incorpora fotografías inéditas y una selección musical que acompaña la lectura, pero su operación más profunda consiste en reconstruir vínculos.

Una artista conduce hacia otra.

Una canción abre una década.

Una fotografía obliga a revisar lo que creíamos saber.

La historia deja de parecer una línea de nombres masculinos y recupera la forma desordenada, múltiple y contradictoria que siempre tuvo.

UNA LUZ QUE VIENE DE ATRÁS

En 2019, Marilina Bertoldi recibió el Gardel de Oro. El acontecimiento puede leerse como un cierre simbólico para el recorrido del libro, pero no como la resolución definitiva de un conflicto.

Una mujer en el centro del escenario no corrige por sí sola décadas de desigualdad.

Detrás de esa imagen existen otras mujeres que tocaron cuando todavía no había cámaras esperándolas. Algunas consiguieron grabar. Otras dejaron unas pocas canciones. Muchas permanecen únicamente en el recuerdo de quienes compartieron una sala, un ensayo o una noche.

La luz que alcanza a una artista nunca comienza solamente sobre ella.

Viene desde atrás.

Atraviesa los cuerpos de quienes ocuparon primero un escenario hostil, escribieron en una redacción cerrada, aprendieron a utilizar una consola sin que nadie confiara en ellas o insistieron hasta conseguir que un productor escuchara una canción completa.

No fueron una excepción.

Construyeron una tradición.

LOS MICRÓFONOS NO TIENEN DUEÑO

Durante años, los micrófonos estuvieron encendidos casi exclusivamente para los varones.

No porque las mujeres carecieran de canciones, sino porque alguien controlaba la electricidad, el escenario, la prensa y el relato posterior. Alguien decidía qué voz merecía volumen y cuál debía esperar al costado.

Brilla la luz para ellas discute esa administración.

Romina Zanellato no escribe para reemplazar un panteón masculino por otro femenino. Recupera una parte del movimiento sin la cual el rock argentino queda incompleto. Su libro no pide cortesía ni una inclusión decorativa. Presenta trabajo, canciones, cuerpos y documentos.

Las mujeres estuvieron allí.

Dejaron los dedos sobre las cuerdas.

La respiración dentro del micrófono.

El ojo detrás de la cámara.

Las manos sobre la consola.

Los nombres escritos en revistas que después amarillearon dentro de una caja.

Algunas llegaron al centro. Otras construyeron desde los márgenes. Todas modificaron las condiciones de quienes vendrían después.

Cuando se enciende una luz sobre ellas, no aparece una historia nueva.

Aparece la historia que siempre estuvo sucediendo fuera de cuadro.

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