PEDRO AZNAR Y DENISSE ROMANO: MANTENER ENCENDIDO EL FARO

INTERVALOEL DIARIO DEL ROCK
Diagonales

PEDRO AZNAR Y DENISSE ROMANO: MANTENER ENCENDIDO EL FARO

PorMar Martínez

Desde la interpretación de El faro de los ahogados hasta las calles que formaron a Denisse Romano, dos artistas de recorridos propios se encuentran en una manera de mirar: la canción no rescata a quien atraviesa la noche, pero puede permanecer encendida para que no pierda la dirección. La mañana puede empezar con el humo […]

Desde la interpretación de El faro de los ahogados hasta las calles que formaron a Denisse Romano, dos artistas de recorridos propios se encuentran en una manera de mirar: la canción no rescata a quien atraviesa la noche, pero puede permanecer encendida para que no pierda la dirección.

La mañana puede empezar con el humo de un sahumerio demorándose sobre una mesa. En la sala todavía hace frío. Hay cables enroscados junto a una pared, una taza de café apoyada demasiado cerca de una consola y un instrumento esperando dentro de su funda.

La madera conserva su olor.

Un bajo sin trastes no ofrece el pequeño resguardo metálico que divide una nota de la siguiente. La yema debe encontrar el lugar exacto. Si se adelanta, la nota queda alta. Si duda, cae. Entre ambas posiciones existe una distancia mínima que el oído reconoce antes que cualquier explicación.

Pedro Aznar conoce ese territorio.

No solamente porque pueda recorrer el diapasón con precisión, sino porque su música está construida alrededor de la escucha. En sus manos, el bajo no parece una máquina encargada de sostener desde abajo. Respira. La madera oscura, pulida hasta adquirir un brillo parecido al que deja el aceite de nuez, recibe cada presión de los dedos y devuelve una voz que no termina de pertenecer a una sola familia.

En otro punto de la ciudad, el aire tiene un olor diferente.

Freno de tren. Hierro. Humedad. Perfume mezclado con ropa mojada. Una ráfaga sube por la boca del subte y empuja papeles contra los escalones. Afuera, la lluvia acaba de tocar el pavimento y ese olor espeso, casi tibio, se levanta entre las zapatillas de quienes caminan apurados.

Denisse Romano abre la funda.

No hay telón ni una sala esperando en silencio. Hay pasos, anuncios por altoparlante, molinetes, conversaciones partidas y alguien que llega tarde. Antes de que exista un público, ella acomoda el cuerpo y canta.

Entre esas dos escenas no hay una escala de valor.

Hay dos formas de encender una luz.

UNA CANCIÓN QUE NO VIENE A SALVAR

El faro de los ahogados fue escrita por Herbert Vianna, líder de Os Paralamas do Sucesso. Pedro Aznar la incorporó a Aznar canta Brasil, el álbum en vivo de 2005 en el que atravesó el repertorio brasileño acompañado por Andrés Beeuwsaert, Facundo Guevara y Juan Cruz de Urquiza. No la llevó hacia su mundo arrancándola del anterior. Escuchó qué parte de esa canción podía pasar por su cuerpo sin perder la respiración con la que había nacido. El sitio oficial de Pedro Aznar conserva la canción dentro del repertorio del álbum.

Allí está una de las singularidades de Aznar.

Puede acercarse a una obra ajena sin ocuparla por completo. La traducción no funciona como una conquista. Es una hospitalidad: recibe la melodía, reconoce su centro y le presta por un momento el timbre de su voz, la respiración de su fraseo y el silencio que sabe dejar entre dos palabras.

La canción presenta a alguien perdido en la oscuridad y una luz que permanece a la distancia. No promete detener la tormenta ni cruzar el agua en nombre del otro. Apenas dice:

“Yo estaré en el faro de los ahogados”.

La frase no tiene la grandilocuencia de un rescate.

Tiene el peso de una espera.

El faro no baja hasta el mar. No reemplaza los brazos de quien nada ni decide por él hacia qué costa avanzar. Cumple una tarea más sobria: se deja ver. Vuelve posible una orientación cuando la noche borró el límite entre el agua y el cielo.

En esa decisión aparece el punto donde la mirada de Aznar se acerca a la de Denisse Romano.

No por el género, la formación o la trayectoria. Tampoco porque sus voces busquen el mismo color. Se acercan en la responsabilidad que ambos parecen reconocer dentro de una canción: hacer visible una dirección sin apropiarse del viaje de quien escucha.

CANTAR ANTES DE SER ESCUCHADA

Durante años, Denisse cantó en calles y subtes. La ciudad no se acomodaba para recibirla. Seguía funcionando alrededor de su voz.

Un tren llegaba.

Las puertas se abrían.

Una corriente de aire traía olor a túnel, frenos y ropa húmeda. Alguien bajaba mirando el teléfono. Una pareja discutía junto a una columna. Más arriba, sobre la vereda, el agua se acumulaba contra el cordón y los colectivos dejaban una estela sucia al pasar.

Denisse debía empezar en medio de todo eso.

El caminante no había comprado una entrada ni elegido una canción. Quizás llevaba auriculares. Quizás acababa de recibir una mala noticia. Quizás sólo quería llegar a su casa. Ella disponía de unos segundos para conseguir que aquel cuerpo modificara el paso.

La moneda llegaba después.

Antes estaba el aire entrando en los pulmones. La garganta reconociendo la primera nota. Los pies buscando estabilidad sobre una baldosa irregular. El riesgo de abrir la voz y que nadie girara.

La calle no fue una escenografía pintoresca ni el prólogo humilde de una carrera que necesitaba ser legitimada por escenarios posteriores. Fue un espacio de formación artística. Allí Denisse aprendió a medir una canción contra el ruido real; a sostener la afinación mientras pasaba un tren; a aceptar que una interpretación podía ser interrumpida por una bocina, una sirena o el anuncio de la próxima formación.

También aprendió algo que ninguna estadística puede enseñar: el instante exacto en que un desconocido deja de caminar.

El cuerpo lo anuncia primero.

Un pie se demora.

Los hombros giran.

La mirada vuelve.

La artista que pasó una década cantando en la calle, que construyó público desde el subte y que llevó luego esa experiencia hacia sus propias canciones no necesita romantizar la intemperie. Conoce su cansancio, la indiferencia y la exposición. También conoce la electricidad que se produce cuando una voz abre un espacio común en un lugar diseñado únicamente para circular. Su recorrido desde las calles y el subte hasta sus canciones propias fue reconstruido por TN.

Su disco Locura por el cemento conserva algo de esa procedencia. El título no mira la ciudad desde una ventana. La lleva pegada al cuerpo. El cemento es suelo, pared, golpe, refugio y memoria. Debajo de sus canciones siguen pasando trenes.

LA SALA Y LA CALLE

Una sala de ensayo también tiene su intemperie.

A media mañana puede oler a sahumerio, café recalentado, madera y tela guardada. A la tarde, la luz entra de costado y revela el polvo suspendido sobre los amplificadores. Los instrumentos esperan afinados, pero nada garantiza que la música aparezca. Hay días en los que una canción se abre. Otros en los que los dedos repiten la misma frase y no encuentran la entrada.

Aznar trabaja dentro de esa escucha.

El bajo sin trastes vuelve material esa manera de acercarse al mundo. No basta con apoyar el dedo dentro de un casillero. La nota debe ser buscada. El oído corrige una presión, un desplazamiento apenas visible, la inclinación de la mano. La precisión no nace de la rigidez: nace de haber aprendido a percibir.

Esa misma cualidad aparece cuando canta repertorios que vienen de otras tradiciones. Rock, jazz, folclore, canción brasileña y música popular latinoamericana no funcionan en su obra como piezas exhibidas en una vitrina. Pasan por una sensibilidad capaz de reconocer qué necesita cada canción para conservar su verdad.

Denisse trabaja desde otra materialidad.

La suya está hecha de aire urbano y contacto inmediato. La voz sale, golpea contra los azulejos del subte y regresa modificada. No existe la distancia protegida entre intérprete y audiencia. El gesto de alguien, su incomodidad o su emoción ocurren a pocos metros. Cada canción debe sostenerse mientras el mundo continúa moviéndose.

Ninguna de esas experiencias explica por completo a un artista.

Pero dejan marcas en su manera de mirar.

Pedro escucha la distancia mínima entre dos notas.

Denisse escucha el momento en que un paso empieza a demorarse.

Los dos trabajan sobre algo que todavía no puede verse.

UNA LENTE HECHA DE MUCHAS FORMAS

Los faros encontraron en las lentes de Fresnel una forma de proyectar luz a grandes distancias sin cargar con una enorme masa de vidrio. La lente está compuesta por anillos concéntricos. Cada uno recibe una parte de la luz y la orienta hacia una misma dirección.

La lente no produce el resplandor.

Lo reúne.

La imagen permite comprender qué acerca a Aznar y Denisse sin borrar lo que los distingue.

En Aznar, los anillos están hechos de lenguajes musicales, instrumentos, culturas y repertorios. Su identidad no depende de repetir siempre una forma. Permanece en la clase de atención con la que entra en cada una.

En Denisse, esos anillos están hechos de experiencias corporales: la calle, el subte, la depresión, el deseo de salir de una vida que no reconocía como propia, la exposición, el escenario y las canciones de Locura por el cemento. Su identidad tampoco depende de una única forma musical. Está en la energía con la que convierte lo vivido en presencia.

No son luces iguales.

No necesitan serlo.

Lo que comparten es la dirección de la mirada: ninguno parece concebir la canción como un objeto cerrado sobre sí mismo. La música sale a buscar una zona de encuentro. Puede nacer en la madera de un instrumento o entre el hierro y la humedad de un túnel, pero termina de existir cuando alcanza otro cuerpo.

LA OSCURIDAD MEDIDA EN NÚMEROS

Las redes sociales trasladaron esa búsqueda a un territorio donde cada reacción se convierte en cifra. Reproducciones, seguidores, comentarios y silencios parecen emitir un veredicto inmediato. La obra corre el riesgo de confundirse con su circulación. El artista mira una pantalla y, antes de preguntarse qué hizo, pregunta cuánto alcanzó.

¿Me vieron?

¿Alcanzó?

¿Importó?

Denisse viene de una escuela de respuesta inmediata. En la calle, alguien se detiene o continúa. Una moneda cae o no cae. No hay una interfaz administrando el encuentro. Hay dos cuerpos compartiendo por un momento el olor del subte, el frío de una vereda o la lluvia recién caída.

Esa experiencia no la vuelve inmune a las redes. Le deja, sin embargo, una memoria anterior al algoritmo: primero hay que cantar.

El trabajo de Aznar también sostiene otra relación con el tiempo. Su interpretación no reclama la atención mediante un golpe inmediato. Se desarrolla. Respira. Deja que el silencio conserve una parte del sentido. Obliga al oyente a quedarse el tiempo suficiente para que la canción encuentre su profundidad.

Desde lugares propios, ambos preservan una forma de duración.

Denisse insiste hasta abrir un claro en el ruido.

Pedro permanece dentro de la canción hasta encontrar su centro.

MANTENER ENCENDIDO EL FARO

Una canción no elimina la depresión. No repara una vida ni consigue que todas las personas perdidas lleguen al puerto. Tampoco vuelve puro a quien la canta.

Puede hacer algo más pequeño.

Y real.

Puede acompañar unos metros.

Puede ofrecer una referencia cuando la noche vuelve indistinguibles el agua y el cielo. Puede entrar por los auriculares de alguien que viaja solo, mezclarse con el traqueteo del vagón y permanecer en su cuerpo después de que se abran las puertas.

Pedro Aznar toma una canción nacida en Brasil, escucha la herida que contiene y la devuelve sin borrar su procedencia. Su voz no se coloca por encima de quien está en el agua. Espera desde la costa.

Denisse Romano abre la funda en una ciudad que no prometió escucharla. Respira el aire del túnel, afirma los pies sobre el piso y canta antes de saber quién se detendrá.

Cada recorrido conserva su propio peso.

Lo que aparece entre ellos es reconocimiento.

La tarde cae sobre la sala. La última luz toca la madera del bajo y se queda unos segundos sobre las cuerdas. Afuera, la lluvia vuelve a levantar el olor del pavimento. En el subte, alguien reduce el paso. Tal vez no se quede hasta el final. Tal vez escuche apenas una frase antes de entrar al vagón.

Pero algo alcanzó a verlo.

Pedro continúa en el faro.

Denisse vuelve a cantar.

La noche no termina.

Ahora tiene una dirección.

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