HAY COSAS PEORES QUE ESTAR SOLO: FITO PÁEZ Y EL DOLOR QUE CAMBIÓ DE SONIDO
Federico Anzardi reconstruye el año en que Fito Páez perdió a una parte de su familia y estuvo a punto de perderse a sí mismo. Hay cosas peores que estar solo no se detiene únicamente en el origen de Ciudad de pobres corazones. Entra en una zona más incómoda: el instante en que un joven […]

Federico Anzardi reconstruye el año en que Fito Páez perdió a una parte de su familia y estuvo a punto de perderse a sí mismo. Hay cosas peores que estar solo no se detiene únicamente en el origen de Ciudad de pobres corazones. Entra en una zona más incómoda: el instante en que un joven de veintitrés años debió decidir qué hacer con un odio que ya no entraba en su cuerpo.
Libro: Hay cosas peores que estar solo. Fito Páez y Ciudad de pobres corazones
Autor: Federico Anzardi
Editorial: Gourmet Musical
Año: 2021
Páginas: 232
Sección: Biblioteca del Rock Argentino · Intervalo
La noticia llegó y algo dejó de tener forma.
Una casa. Dos mujeres asesinadas. Las habitaciones que continuaban conservando sus objetos. El aire detenido alrededor de aquello que nadie se había llevado. En algún lugar quedaría una taza, una silla corrida, una prenda guardada sin saber que ya no volvería a tocar el cuerpo para el que había sido doblada.
Fito Páez tenía veintitrés años.
El 7 de noviembre de 1986 asesinaron en Rosario a su abuela y a su tía abuela, las mujeres que lo habían criado. La tragedia no llegó sola. Entró en una vida atravesada desde temprano por otras ausencias y encontró a un músico joven que comenzaba a ocupar un lugar central en el rock argentino.
Había canciones, viajes, escenarios y un futuro que parecía abrirse.
Después sonó el teléfono.
Hay dolores que primero quitan el aire. Luego endurecen la mandíbula. Obligan a caminar de una punta a otra de la habitación sin encontrar dónde dejar las manos. Mucho más tarde, cuando las palabras consiguen acercarse, uno descubre que aquello no era solamente tristeza.
También era odio.
UNA CIUDAD QUE HABÍA CAMBIADO DE ROSTRO
“En esta puta ciudad todo se incendia y se va”.
La frase no pide permiso.
Entra con la misma violencia con la que el mundo había entrado en la vida de Fito. Ya no está el joven capaz de acercar su corazón como una ofrenda. La voz se vuelve filosa. Los instrumentos pierden amabilidad. La ciudad deja de ser una geografía y se transforma en un organismo sucio, hostil, capaz de quitarlo todo y continuar funcionando a la mañana siguiente.
Los colectivos siguen pasando.
Los bares levantan las persianas.
Alguien compra pan.
La vida de los otros conserva una normalidad que, para quien acaba de sufrir una pérdida, puede resultar ofensiva.
Ciudad de pobres corazones nació dentro de esa fractura. Publicado en 1987, el disco no intenta hacer comprensible el dolor. Lo deja golpear. La batería avanza con rigidez, los teclados cargan el aire, las guitarras raspan y la voz de Fito ya no busca consuelo. Hay algo corporal en ese cambio de sonido: el músico parece tocar desde una zona donde todavía no puede pensar lo sucedido, pero necesita expulsarlo.
No canta después de comprender.
Canta para no quedar encerrado dentro de aquello que todavía no comprende.
EL ODIO TAMBIÉN NECESITA UNA FORMA
Federico Anzardi entra en esta historia con una pregunta que evita la comodidad de la biografía celebratoria: ¿cómo consiguió Fito atravesar la tragedia sin construir para siempre su identidad alrededor de ella?
Hay cosas peores que estar solo es el resultado de cuatro años de investigación, decenas de entrevistas y una extensa revisión de archivos judiciales, policiales y periodísticos. Anzardi habló con personas del entorno del músico, vecinos, abogados, periodistas y protagonistas de aquella época. Sin embargo, el verdadero centro del libro no es el expediente del crimen. Es la transformación de un ser humano. Gourmet Musical presenta el libro como la reconstrucción de la manera en que Fito atravesó la tragedia sin quedar reducido al lugar de víctima.
El archivo establece los hechos.
Las voces reconstruyen el tiempo.
Pero entre una declaración y otra permanece un joven solo frente a una cantidad de dolor que no sabe administrar.
Alcohol. Pastillas. Noches demasiado largas. El cuerpo llevado hasta el límite para conseguir unas horas sin memoria. La desesperación no siempre se presenta como una persona llorando junto a una ventana. A veces sube el volumen, rompe algo, se ríe con una intensidad que incomoda y continúa bebiendo cuando los demás ya se fueron.
El sufrimiento también puede bailar.
Puede salir de noche.
Puede ocupar un escenario.
Anzardi no necesita volver inocentes esos días para comprenderlos. Tampoco convierte la autodestrucción en una prueba de autenticidad rockera. Observa a Fito cuando la violencia recibida empieza a circular dentro de él y amenaza con encontrar nuevas formas de daño.
El odio no desaparece porque una persona sea sensible.
A veces la sensibilidad lo vuelve más preciso.
LA MÚSICA NO CURA TODO
Existe una frase repetida alrededor de los artistas: la música los salvó.
Puede ser cierta.
Pero resulta insuficiente.
La música no devuelve a los muertos. No lava la sangre de una casa ni responde por qué ciertas personas fueron arrancadas de una vida mientras otras continúan sirviéndose café. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en una obra valiosa. Entre el dolor y una canción hay noches fallidas, cuerpos desgastados, decisiones equivocadas y una cantidad de silencio que casi nunca llega a los discos.
La música no salvó a Fito de sentir odio.
Le permitió darle una forma.
En Ciudad de pobres corazones, esa forma no es prolija. El disco conserva la respiración agitada de alguien que todavía está adentro del incendio. Por eso incomoda. La obra no mira la tragedia desde la serenidad adquirida con los años. Fue escrita cuando las cenizas todavía estaban calientes.
En las canciones aparece una ciudad deformada por la furia. Las relaciones pierden estabilidad. El amor ya no alcanza para ordenar el mundo. El futuro se reduce a atravesar otra noche.
Y, sin embargo, Fito escribe.
Se sienta frente al piano.
Apoya los dedos.
Repite una secuencia hasta que algo comienza a sostenerse.
Tal vez crear sea eso en ciertos momentos: encontrar una estructura mínima cuando la vida perdió todas las demás.
NO CONVERTIRSE EN LA VÍCTIMA
Una víctima no elige aquello que le hicieron.
Pero puede llegar a quedar encerrada durante años en la identidad que ese daño construyó alrededor de ella. Los demás comienzan a mirarla desde lo ocurrido. Cada decisión queda explicada por la tragedia. El nombre propio se vuelve más pequeño que la herida.
El libro de Anzardi se detiene ante ese peligro.
Fito tenía motivos para derrumbarse. También tenía motivos para odiar. Lo verdaderamente difícil no era negar esas emociones, sino atravesarlas sin permitir que ocuparan para siempre todo el territorio.
No salió limpio.
Nadie sale limpio de una experiencia semejante.
Quedaron excesos, relaciones lastimadas, noches rotas y una música que todavía conserva la electricidad de ese desorden. Pero también quedó una decisión que quizá el propio cuerpo tomó antes de que Fito pudiera formularla: no permanecer inmóvil dentro del lugar donde lo habían dejado.
Primero apareció el disco.
La comprensión llegaría después.
UNA INVESTIGACIÓN QUE NO EXHIBE EL CUERPO
Anzardi podría haber construido un libro alrededor del morbo. Tenía un crimen, víctimas, expedientes, testimonios y uno de los músicos más importantes de la Argentina. Todos los elementos necesarios para exhibir la tragedia como una vidriera.
Elige otra cosa.
La investigación utiliza procedimientos de la crónica policial, pero desplaza lentamente el centro hacia las consecuencias. Los asesinatos no desaparecen ni se suavizan. Conservan su brutalidad. Sin embargo, el autor comprende que enumerar detalles no siempre permite acercarse a la verdad de una pérdida.
A veces ocurre lo contrario.
El exceso de información aleja el cuerpo.
Por eso la pregunta más poderosa del libro no es únicamente quién mató, cómo lo hizo o qué sucedió después. Es qué transformación comenzó dentro de Fito cuando comprendió que las mujeres que lo habían criado ya no estaban.
¿Qué pasa con una persona cuando regresa a una casa que conoce y descubre que todos sus objetos han cambiado de significado?
Una puerta ya no es una puerta.
Una cama tendida ya no es una cama.
Una fotografía adquiere de golpe un peso que las manos no estaban preparadas para sostener.
EL DISCO COMO RESTO MATERIAL
Los discos también guardan cuerpos.
Conservan respiraciones, golpes, titubeos y maneras de apretar una tecla. Aunque pasen los años y la canción se convierta en parte del patrimonio cultural, debajo continúa existiendo el momento concreto en que alguien entró a un estudio con algo que necesitaba sacar de sí.
Ciudad de pobres corazones suele ser leído como el disco oscuro de Fito Páez. La definición es correcta, pero queda corta. Su oscuridad no es una elección estética colocada sobre las canciones. Nace de una modificación real en la manera de percibir el mundo.
Fito había perdido la confianza en la ciudad.
En los otros.
Por momentos, también en sí mismo.
El sonido no podía permanecer intacto.
El músico que había cantado desde la entrega amorosa necesitaba ahora reconocer que dentro suyo también vivían la rabia, el desprecio y el deseo de romper. Negar esas zonas habría producido una obra más agradable.
También una obra menos verdadera.
HAY COSAS PEORES
El título del libro parece hablar de la soledad, pero en realidad la desplaza.
Hay cosas peores que estar solo.
Estar acompañado y no poder regresar.
Tener una casa y sentir que ya no existe.
Escuchar una voz en la memoria y saber que ningún teléfono volverá a traerla.
Convertirse únicamente en aquello que otros hicieron con nosotros.
Federico Anzardi reconstruye una caída, pero evita acomodarla dentro de una resurrección perfecta. Fito no atraviesa el dolor porque descubre una respuesta. Lo atraviesa trabajando con sus contradicciones, llevando el cuerpo demasiado lejos y regresando algunas veces sin saber exactamente cómo.
La creación no aparece como una cura.
Aparece como movimiento.
Una canción después de otra. Una mano sobre el piano. El aire entrando antes de volver a cantar. No para olvidar a quienes faltan ni para encontrar una enseñanza escondida dentro de sus muertes.
Para continuar.
Sobre la mesa queda el libro.
En el parlante, una ciudad vuelve a incendiarse.
Han pasado décadas, pero la voz conserva una herida que todavía no terminó de cerrar. Quizá por eso seguimos escuchándola. No porque el dolor ennoblezca a quien lo sufre. No porque toda tragedia deba transformarse en arte.
Sino porque, algunas veces, una persona consigue construir algo con aquello que venía a destruirla.
Y apoya los dedos otra vez.
