La parte que volvió
Todavía tengo los dedos levemente adormecidos. En invierno empeoran. Algunas mañanas me despierto con las manos cerradas y tengo que abrirlas una por una, ayudándome con los dientes. Meses atrás viajé hasta Posadas para ver a un médico. Me dijo que podía ser la circulación. No le hablé de las islas. A […]

Por Mar Martinez
Todavía tengo los dedos levemente adormecidos.
En invierno empeoran. Algunas mañanas me despierto con las manos cerradas y tengo que abrirlas una por una, ayudándome con los dientes. Meses atrás viajé hasta Posadas para ver a un médico. Me dijo que podía ser la circulación. No le hablé de las islas.
A veces sentía culpa. O vergüenza, qué sé yo.
Allá el frío penetraba de otra manera. No se quedaba en la piel. Atravesaba el uniforme, la lana, las botas mojadas. Entraba por los dedos de los pies y buscaba un lugar dentro del cuerpo.
Mi nombre es Alejandro.
Soy uno de los que volvieron.
Cuando terminó la guerra llevaba una carta de Mateo doblada dentro del uniforme. Me la había entregado pocos días antes de morir. El papel estaba húmedo y uno de los bordes se había oscurecido.
—Si te toca volver —me dijo.
No terminó la frase.
Tampoco terminó la carta.
La guardé en una caja de madera, junto con algunos documentos, la medalla y otras pertenencias de esa época. Durante años evité tocarla.Antes de la guerra yo entraba en un lugar y esperaba que todos me miraran. En Tumé me conocían. Mi padre tenía camiones, propiedades y un depósito cerca de la ruta. Nunca nos había faltado nada.
Al contrario: las cosas nos sobraban.
Yo tampoco parecía necesitar demasiado.
Tenía amigos, mujeres, un auto. En los bailes llegaba tarde para que los demás notaran mi llegada. Saludaba de mesa en mesa. Contaba historias que no siempre habían sucedido de ese modo y hacía reír a todos.
Había aprendido a confundir la alegría con el ruido.
Cuando me convocaron, me despedí como si me estuviera yendo de viaje. Mi madre lloraba. Mi padre permanecía junto a la puerta, con una mano dentro del bolsillo. Yo les dije que no se preocuparan.
Ni siquiera sabía marchar.
En las islas me acerqué a Mateo. Nos conocíamos de antes, como se conoce la gente en Tumé: de nombre, de cruzarse, de saber de qué familia viene cada uno. Mis amigos eran Damián, Pedro y Horacio. Vivíamos en el centro. Mateo era de los barrios cercanos a la salida de la ciudad.
Los de allá no se juntaban con nosotros.
O nosotros no nos juntábamos con ellos. Era más chico que yo. Delgado, de hombros angostos. Hablaba poco. Cuando recibíamos algo de comida, separaba una parte y la guardaba para después, aunque casi siempre terminaba compartiéndola.
Una tarde sacó una hoja doblada del bolsillo.
—Voy a escribirle a mi mamá —me dijo.
Apoyó el papel sobre una mesa de chapa que había en el campamento y empezó a escribir. El viento se lo levantaba. Tuvo que sostener uno de los bordes con la mano izquierda.
Mateo escribía despacio. Se detenía después de cada frase y miraba hacia adelante, como si las palabras estuvieran en alguna parte del pastizal y tuviera que encontrarlas entre los yuyos.
—¿Qué le ponés? —pregunté.
Tapó la hoja con el brazo.
—Cosas.
Esa noche hubo disparos a lo lejos. Horas más tarde, Mateo se levantó, agarró la carta y la guardó en uno de los compartimientos de su mochila.
Después no hubo tiempo de volver a la carta. Al día siguiente nos emboscaron y quedamos atrapados en el campamento.
Cuando cayó, yo estaba cerca.
Durante mucho tiempo creí recordar el sonido exacto. Después se mezcló con otros disparos, otras explosiones y otros cuerpos golpeando la tierra. Hay recuerdos que se gastan. Otros cambian de forma para poder quedarse.
Lo que no olvidé fueron sus manos.
Mateo estaba acostado de costado. Tenía los dedos cerrados cerca del pecho y una herida en el estómago. Me arrodillé y traté de abrirlos.
No pude.
Busqué la carta entre su ropa. Entonces recordé que la había guardado en la mochila. La encontré en el mismo compartimiento, me la metí dentro del uniforme y salí de allí.
Los soldados ingleses estaban demasiado cerca.
Al regresar a Tumé, Horacio me esperaba.
Habíamos sido amigos desde la escuela. Él conocía al muchacho que yo había sido y no intentó encontrarlo debajo del uniforme. Me abrazó sin preguntarme nada. Yo mantuve los brazos a los costados.
Durante los primeros días dormí en su casa. Me despertaba con cualquier ruido. Una puerta, una moto que pasaba por la calle, una olla que caía en la cocina. Algunas noches empujaba los muebles contra las paredes porque necesitaba ver toda la habitación.
Horacio aparecía en el marco de la puerta.
—Soy yo.
Esperaba hasta que lo reconociera.
Una madrugada le pegué.
Se acercó por detrás y mi cuerpo reaccionó antes que yo. Lo empujé contra una mesa y le di un golpe en la boca. Horacio cayó sentado. Cuando encendió la luz tenía sangre en los dientes.
Esperé que me devolviera el golpe.
Se limpió con el dorso de la mano.
—Andá a dormir, Alejandro.
A la mañana siguiente había preparado café.
No volvimos a hablar de aquello.
Con el tiempo regresé a la casa de mis padres. Horacio se casó con Paloma.
Mi madre entraba en mi habitación sin hacer ruido. Dejaba ropa limpia, abría apenas las cortinas y retiraba los platos que yo acumulaba junto a la cama.
Mi padre decidió llevarme al depósito.
Los camiones entraban y salían durante todo el día. Yo entregaba los talonarios, controlaba las actas, revisaba los pesos y anotaba los horarios. Desde una oficina con ventanas sucias indicaba qué vehículo debía salir y hacia dónde.
Era un trabajo aburrido.
Por eso servía.
Cada número ocupaba el lugar de otro pensamiento. Cada camión que abandonaba el playón dejaba una línea vacía en la planilla. A las seis cerraba los libros, guardaba los sellos en un cajón y regresaba a casa.
Nunca necesité pedir ayuda al gobierno. Mi familia tenía dinero. Había otros compañeros que recorrían oficinas con carpetas debajo del brazo, esperando que alguien reconociera lo que les correspondía. Yo no tenía que hacerlo.
Eso no significaba que estuviera mejor.
El dinero alcanzaba para pagar una casa, medicamentos, comida. No alcanzaba para reunir las partes que habían regresado conmigo.
Al principio escuchaba disparos todas las noches. Me tiraba al piso antes de comprender que había sido el escape de una moto o una puerta de chapa golpeada por el viento.
Después los sonidos comenzaron a espaciarse.
Una noche dormí hasta la mañana.
Más tarde fueron dos.
El frío permaneció.
También la carta.
La caja militar estaba en la parte alta del ropero. Adentro guardaba el uniforme, unas fotografías, dos botones, una medalla que nunca usé y la carta de Mateo.
Algunas tardes abría el ropero y miraba la caja.
No la bajaba.
Noemí vivía a pocas cuadras de casa. Después de que murió su marido, alquiló una casa acá, en el centro. En Tumé todos sabían quién había muerto, quién había vuelto y quién se encerraba para no cruzarse con nadie. También sabían que yo había estado con Mateo.
Noemí nunca vino a buscarme.
Durante un tiempo pensé que eso me facilitaba las cosas. Después comprendí que podía estar esperándome sin tocar la puerta.
Los años fueron pasando.
Argentina siguió.
Cambió el gobierno. Cambiaron los uniformes, los discursos y las caras en los diarios. Los militares siguieron apareciendo en actos. Los políticos siguieron prometiendo. Los camiones de mi padre siguieron entrando y saliendo del depósito.
Nosotros habíamos dejado parte de nuestra sombra y nuestra luz en las islas.
Cargábamos las muertes que habíamos visto, las que habíamos sufrido y también aquellas en las que habíamos participado. Nadie volvía con las manos vacías.
Yo comía con Horacio una vez por semana.
Casi siempre los jueves.
Su esposa, Paloma, preparaba algo y las chicas daban vueltas alrededor de la mesa. Petra le mostraba dibujos. Sara golpeaba las manos contra los apoyabrazos de su silla cuando se entusiasmaba. Micaela hablaba sin esperar que los demás terminaran.
Horacio fingía fastidio.
—Dejá comer a los grandes.
Micaela se sentaba sobre sus piernas y seguía hablando.
A veces me miraba.
—¿Vos estuviste en una guerra?
Paloma le pedía que no preguntara esas cosas.
Yo cortaba la carne.
—Sí.
—¿Ganaste?
—Terminá la comida, Micaela —decía Horacio.
Ella hacía una bolita con la miga del pan.
—Si volviste, ganaste.
Nadie respondía.
Una mañana sonó el teléfono del depósito.
Era raro que alguien llamara por mí. Los choferes usaban la radio y mi padre prefería presentarse directamente cuando necesitaba algo.
Levanté el tubo.
—¿Alejandro?
Reconocí a una de las hermanas de Horacio. Respiraba rápido.
—Tenés que venir al hospital.
Detrás de su voz se escuchaba gente.
—¿Qué pasó?
—Micaela tuvo un accidente.
La lapicera se me cayó de la mano.
Quise agacharme, pero las piernas no respondieron. Permanecí frente al escritorio con el tubo pegado a la oreja.
—¿Está Horacio?
La mujer dijo algo que no pude entender.
Dejé el depósito sin avisarle a nadie.
El auto estaba estacionado afuera. Abrí la puerta, me senté y puse la llave en el contacto. Las manos no dejaron de temblarme.
No pude arrancar.
Caminé hasta el hospital.
No recuerdo haber cruzado las calles. Recuerdo el ruido de mis zapatos contra la vereda y una sirena que se acercaba desde algún lugar. Cuando llegué había gente en la entrada.
Reconocí primero a Paloma.
Estaba apoyada contra una pared. Alguien la sostenía por los hombros.
Más lejos, frente a las puertas del quirófano, Horacio permanecía arrodillado. Tenía la camisa manchada y dos líneas de sangre bajándole desde la sien derecha.
Se levantó de golpe.
Gritó algo.
Después golpeó la frente contra la puerta.
Una vez.
Otra.
Dos hombres intentaron sujetarlo. Horacio se soltó y volvió a caer de rodillas. Recogió los brazos contra el pecho hasta quedar doblado sobre sí mismo.
Yo permanecí en el extremo del pasillo.
Todo mi cuerpo me exigía que avanzara. Tenía que abrazarlo, cubrirle la cabeza con las manos, apartarlo de la puerta. Horacio había hecho eso por mí durante años. Había soportado mis gritos, mis silencios y el golpe que le dejó sangre en la boca.
Di un paso.
Las puertas del quirófano eran de metal.
Alguien dejó caer una bandeja detrás de ellas.
El ruido atravesó el pasillo.
Volví a sentir el barro debajo de las rodillas. El uniforme mojado. Los dedos de Mateo cerrados sobre su pecho.
No pude seguir.
Retrocedí hasta encontrar la pared.
Horacio levantó la cabeza. Por un instante creí que me había visto. Después volvió a golpearse contra la puerta.
Salí del hospital.
Caminé hasta mi casa con el aliento entrecortado. Una mujer me saludó desde la vereda. No le respondí. Un camión de mi padre pasó junto a mí y el chofer tocó bocina.
Entré y fui directamente a mi habitBajé la caja militar del ropero.
La llevé al patio.
Agarré el uniforme. Estaba doblado en cuatro. Lo desplegué y lo puse en la parrilla. Junté unas hojas secas acumuladas cerca de la pared y las amontoné debajo. Después fui a buscar querosén. Cuando regresé, una de las mangas había quedado colgando sobre uno de los costados de la parrilla.
Rocié la tela.
El olor me llenó la nariz.
Encendí un fósforo.
La llama se inclinó por el viento. Antes de acercarla al uniforme, miré una de las mangas.
Ahí estaba el escudo de la Nación Argentina.
No sentí orgullo.
Tampoco sentí odio por ese pedazo de tela.
Odiaba la guerra. A quienes nos habían enviado. A quienes habían convertido nuestros cuerpos en muerte. Odiaba el frío, el hambre y el olor de la nieve.
Pero el uniforme también había rozado el cuerpo de Mateo. Había cargado a otros compañeros. Conservaba el barro, el miedo y la sangre de quienes no habían regresado.
Apagué el fósforo entre los dedos.
Me senté en el patio y lloré.
No había llorado de esa manera desde las islas. El llanto me salía con ruido, me doblaba el cuerpo, me obligaba a buscar aire con la boca abierta.
Permanecí junto al uniforme hasta que oscureció.
Después lo levanté. La tela olía a querosén. Lo dejé orearse sobre una silla y regresé a la habitación.
Saqué el sobre de la caja.
El nombre de Noemí estaba escrito con la letra de Mateo.
Había imaginado muchas veces que agregaba unas líneas. Podía explicarle dónde había estado su hijo, contarle que no murió solo, inventar una última frase que le permitiera descansar.
Hubiera sido fácil mentirle.
También hubiera sido injusto.
La carta estaba incompleta porque la vida de Mateo había quedado incompleta. Yo no tenía derecho a terminar ninguna de las dos.
Guardé el sobre dentro de la camisa.
Volví caminando al hospital.
Las puertas del quirófano estaban cerradas. Habían limpiado la sangre de Horacio, pero todavía quedaba una marca rosada sobre la sien. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared.
Me vio acercarme.
Esta vez no me detuve.Me arrodillé y lo abracé.
Horacio permaneció rígido durante unos segundos. Después hundió la cara contra mi hombro. Sentí cómo se le sacudía el cuerpo.
No hablamos de Micaela.
No había nada que pudiéramos decir sin empequeñecerla.
Le sostuve la nuca con una mano.
Cuando dejó de temblar, me aparté.
—Andá a bañarte.
Horacio me miró.
—Esta noche nos encontramos.
Asintió.
Me puse de pie y salí del hospital.
La casa de Noemí quedaba al otro lado de Tumé, a unas diez cuadras. Caminé despacio.
Las luces de la calle ya estaban encendidas cuando llegué.
Toqué el timbre.
Noemí tardó en abrir. Era más baja de lo que recordaba. Llevaba un saco de lana abotonado hasta el cuello y tenía el pelo completamente blanco.
Me reconoció.
No dijo mi nombre.
Saqué la carta de la camisa. Me costó mucho extender la mano.
Noemí miró la letra de lejos.
—Perdón —dije—. Esta carta la escribió Mateo.
La sostuvo con las dos manos.
No preguntó por qué había tardado tantos años. Tampoco quiso saber qué decía. Levantó los ojos y me tocó la cara.
La abracé.
El cuerpo de Noemí era pequeño. Sentí sus huesos debajo del saco, el olor a jabón de la ropa y el temblor de su respiración contra mi cuello.
Lloramos en la puerta.
Después me solté y empecé a caminar.
No miré hacia atrás.
El frío seguía allí. En los dedos, en las botas que ya no usaba, en una parte del cuerpo a la que ningún médico había conseguido ponerle nombre.
Pero la carta ya no estaba conmigo.
