SENTADOS EN EL UMBRAL DE DIOS
El día en que el rock atravesó la puerta del poder El 16 de mayo de 1982, mientras la guerra de Malvinas avanzaba, más de sesenta mil jóvenes se reunieron en Obras. La dictadura creyó que podía acercarse a ellos y conservar el control. Los músicos comprendieron la contradicción, subieron al escenario y respondieron con […]

El día en que el rock atravesó la puerta del poder
El 16 de mayo de 1982, mientras la guerra de Malvinas avanzaba, más de sesenta mil jóvenes se reunieron en Obras. La dictadura creyó que podía acercarse a ellos y conservar el control. Los músicos comprendieron la contradicción, subieron al escenario y respondieron con canciones sobre la paz, el dolor y una humanidad abandonada. Aquella tarde no terminó con el régimen, pero permitió escuchar que algo ya comenzaba a derrumbarse.
ARCHIVO INTERVALO 004
Charly García se acerca al micrófono y presenta a Raúl Porchetto.
A su lado está David Lebón. Detrás, una multitud cubre la cancha de rugby y hockey de Obras Sanitarias. Hay camperas mojadas, bolsas con alimentos, cigarrillos y frazadas. Hay cuerpos apretados bajo un cielo oscuro. La guerra ocurre lejos, pero está metida en cada gesto.
Porchetto comienza a cantar “Sentado en el umbral de Dios”.
No habla de una victoria. No levanta una bandera. No promete el regreso glorioso de los soldados. La canción coloca a un hombre solo frente a una ausencia que no puede reparar. Hay ángeles despojados, vestidos abandonados y una pregunta que atraviesa todo: quién les quitó el sol, quién les quitó el amor.
En medio de un festival organizado durante una guerra, esa pregunta no era inocente.
Tampoco lo eran quienes la cantaban.
Una multitud hecha de razones diferentes
El Festival de la Solidaridad Latinoamericana —anunciado originalmente como Festival de la Solidaridad Americana— se realizó el 16 de mayo de 1982. La entrada no se pagaba con dinero: había que llevar ropa de abrigo, alimentos, cigarrillos u otros elementos destinados a los soldados argentinos en las islas.
La convocatoria desbordó el estadio cubierto y debió trasladarse a los campos abiertos del Club Atlético Obras Sanitarias. Las estimaciones oscilan entre sesenta mil y ochenta mil asistentes. El recital duró cerca de cuatro horas y fue transmitido en directo por televisión y por dos radios de alcance masivo. El lema elegido fue: “Mucho rock por algo de paz”. Rolling Stone en Español
Pero aquellas miles de personas no formaban una conciencia única.
Algunos llegaron movidos por la recuperación de Malvinas y por una idea profunda de patria. Otros fueron para pedir el final de la guerra. Muchos llevaron abrigo porque sabían que, del otro lado del país, había conscriptos de su misma edad padeciendo frío, hambre y abandono. Otros querían escuchar a Charly García, León Gieco, Luis Alberto Spinetta, Raúl Porchetto, David Lebón, Nito Mestre, Litto Nebbia o Juan Carlos Baglietto.
También estaban quienes simplemente necesitaban estar ahí.
Ser parte.
Durante años, la dictadura había perseguido las reuniones juveniles, vigilado recitales, censurado canciones y convertido el aspecto, el lenguaje y la música de una generación en objetos de sospecha. Aquella tarde, por primera vez en mucho tiempo, miles de jóvenes volvían a ocupar juntos un espacio público y masivo.
No todos llegaron por el mismo motivo. No todos comprendían de igual manera lo que estaba sucediendo. Pero algo los reunía por debajo de esas diferencias: la necesidad de encontrarse.
La fantasía del control
La dictadura necesitaba acercarse a los jóvenes.
El 30 de marzo de 1982, apenas tres días antes del desembarco argentino en las islas, una movilización obrera convocada bajo la consigna “Paz, pan y trabajo” había sido brutalmente reprimida. El gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri atravesaba una crisis política, económica y social. La guerra le permitió construir durante algunas semanas una apariencia de unidad nacional.
Después del 2 de abril, las radios dejaron de transmitir música en inglés. El rock argentino, marginado durante años de los grandes medios, comenzó a ocupar ese espacio vacío. Las canciones prohibidas entraron en las programaciones. Las voces sospechadas se volvieron necesarias.
El poder abrió una puerta por conveniencia y creyó conservar el control.
Tal vez sea una de sus falacias más persistentes: imaginar que también puede gobernar aquello que una multitud siente cuando se reúne. El control y la ansiedad son malas compañeras. En manos del poder, resultan nocivas para todos.
Los músicos debían tomar una decisión. El escenario había sido habilitado dentro de una operación política, pero también representaba la posibilidad de hablarles a decenas de miles de jóvenes y a una audiencia todavía mayor a través de la radio y la televisión.
Subir implicaba atravesar una contradicción.
No eran ingenuos. Sabían que aquel espacio estaba concedido por el mismo régimen que había perseguido al rock, censurado sus palabras y detenido a muchos jóvenes por la forma de vestirse, reunirse o vivir. Pero también comprendían que renunciar al escenario significaba dejarlo vacío.
Lo ocuparon.
Y eligieron qué decir desde allí.
Las canciones dentro de la guerra
El repertorio permite comprender el sentido de aquella decisión mejor que cualquier explicación posterior.
León Gieco cantó “Sólo le pido a Dios”, una canción escrita ante la posibilidad de otra guerra —el conflicto con Chile por el canal de Beagle— y convertida aquella tarde en una súplica colectiva contra la indiferencia. Porchetto cantó “Algo de paz”. Charly García y David Lebón interpretaron “San Francisco y el lobo” y “Música del alma”. El cierre reunió varias voces alrededor de “Rasguña las piedras”.
No era el repertorio de una celebración bélica.
La guerra estaba presente, pero no como una aventura heroica. Aparecía en el frío, en la pérdida, en los cuerpos ausentes, en el pedido de paz y en la necesidad de conservar algo humano mientras el poder administraba consignas, silencios y muerte. Un estudio académico sobre la relación entre la dictadura y el rock señala precisamente que muchas de las canciones interpretadas aquel día se pronunciaron contra la guerra, aun cuando el gobierno intentara utilizar el festival para acercarse a la juventud. Resonancias
Por eso “Sentado en el umbral de Dios” contiene la escena completa.
Porchetto no necesita nombrar a la Junta Militar. Tampoco describe las islas ni habla directamente de los soldados. Se detiene ante quienes fueron despojados de algo esencial y pregunta quién lo hizo. La canción no ofrece una respuesta cerrada. Deja la acusación suspendida sobre el escenario.
El cuerpo entiende antes.
Después llegará el pensamiento.
La ironía del control
La dictadura creyó que podía controlar el sentido de aquella multitud porque durante años había controlado los cuerpos, los nombres y los silencios.
Su perversidad no se sostuvo solamente mediante las armas. También necesitó trabajar sobre la identidad. Hubo jóvenes arrojados al río sin una tumba que pudiera devolverlos a sus familias. Hubo bebés apropiados, nombres sustituidos y vidas obligadas a crecer dentro de una historia falsa. A quienes asesinaba, el régimen intentaba quitarles hasta el rastro. A quienes dejaba con vida, podía arrancarles el origen.
El control comenzaba allí: en decidir quién tenía derecho a conservar su nombre.
La guerra prolongó esa lógica de otra manera. Miles de conscriptos fueron enviados a las islas y convertidos por el discurso oficial en una figura uniforme: el soldado de la patria. Detrás de esa imagen había chicos con nombre, familia, frío y miedo. Muchos murieron en el campo de combate. Otros regresaron a un país que durante demasiado tiempo tampoco quiso escuchar lo que habían vivido.
El poder necesitaba borrar esas diferencias. Necesitaba una sola imagen, una sola bandera, un solo relato.
Creyó que podía fabricar una identidad nacional y colocarla bajo su mando.
Pero la identidad argentina nunca fue un cuerpo uniforme. Se formó en la mezcla: italianos, españoles, catalanes, europeos del Este, criollos, guaraníes, pueblos originarios y gauchos. Somos Cortázar y Borges. Somos Favaloro y Maradona. Nos reconocemos en una bandera, pero también en una manera de vivirlo todo demasiado cerca de la piel.
Nuestra identidad no está hecha de obediencia.
Está hecha de pasión.
Gritamos en medio de la montaña para escuchar cómo vuelve el eco. Y cuando regresa, sabemos que no estamos solos. El otro existe. Su voz se mezcla con la nuestra y nos devuelve algo que no podríamos producir por separado.
El rock argentino llevaba años haciendo eso.
Habían cambiado los nombres, los instrumentos y las formas de escribir. Habían pasado músicos de procedencias y sensibilidades diferentes. Sin embargo, debajo de esas diferencias persistía un mismo impulso: extralimitarse, poner el cuerpo y convertir una experiencia individual en un grito que pudiera ser reconocido por otros.
Eso fue lo que el gobierno militar no comprendió.
Permitió que el rock llegara a la televisión, a las radios y a una multitud porque creyó que podría incorporarlo a su relato. Necesitaba una imagen de unidad. Necesitaba mostrar a los jóvenes participando. Necesitaba convertir la solidaridad verdadera de la sociedad en una forma de legitimación.
Pero el control comenzó a fallar apenas sonaron las canciones.
Las miles de personas reunidas en Obras no estaban gritando una sola cosa. Algunas habían llegado movidas por la recuperación de Malvinas. Otras querían ayudar a los soldados. Muchas fueron a escuchar a sus músicos. También estaban quienes comprendían que la guerra estaba mal y necesitaban pedir por la paz.
La multitud no adquirió el cuerpo homogéneo que la dictadura había imaginado.
Conservó sus diferencias.
Y desde esas diferencias gritó.
Sobre el escenario tampoco hubo una celebración bélica. Sonaron canciones sobre la paz, la ausencia, el dolor y la fragilidad humana. Aquello que había sido perseguido ocupó el centro de la escena. Las voces que el régimen había intentado callar fueron transmitidas en directo.
La censura había intentado borrar sus voces.
Ahora necesitaba amplificarlas.
Esa fue la ironía del control.
Los músicos sabían que atravesaban una puerta abierta por el mismo poder que los había prohibido. Aceptar ese escenario suponía cargar con una contradicción. Podían ser utilizados. Podían ser cuestionados. Podían quedar atrapados dentro de una fotografía construida por otros.
Aun así, subieron.
No para convertirse en héroes ni porque fueran ajenos a las contradicciones del momento. Subieron porque comprendieron que un escenario también puede disputarse. Que aceptar un micrófono no obliga a pronunciar las palabras de quien lo entrega. Que una canción puede ingresar en el relato del poder y alterar su sentido desde adentro.
No hace falta declararlos héroes para reconocer la dimensión de aquella decisión.
Fueron artistas.
Artistas capaces de escuchar el tiempo histórico, entrar en su zona más incómoda y encontrar las palabras que una multitud todavía no podía ordenar. Allí estuvo su lucidez. No en conservarse puros, sino en aceptar el riesgo de la contradicción para reunir otra vez las voces dispersas.
La historia ocurrió arriba y abajo del escenario.
En los músicos que eligieron qué cantar. En los jóvenes que volvieron a encontrarse. En las canciones antibélicas pronunciadas durante una guerra. En una sensibilidad colectiva que la dictadura creyó poder administrar y terminó amplificando.
El régimen quiso utilizar la pasión argentina para fabricar obediencia.
El rock la convirtió en un grito.
No fueron héroes.
Fueron algo que el poder jamás consiguió controlar por completo: artistas extraordinarios.
