Vulnerables: cuando la televisión se animó a quedar a la intemperie

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Diagonales

Vulnerables: cuando la televisión se animó a quedar a la intemperie

PorMar Martínez

En 1999, una canción de Javier Calamaro abrió la puerta hacia una ficción que puso la fragilidad humana en el centro de la televisión argentina. Vulnerables no buscó personajes ejemplares ni respuestas tranquilizadoras: construyó una forma visceral, sensible y profundamente urbana de narrar una sociedad que comenzaba a quebrarse. LO QUE FUE — 001 Primero […]

En 1999, una canción de Javier Calamaro abrió la puerta hacia una ficción que puso la fragilidad humana en el centro de la televisión argentina. Vulnerables no buscó personajes ejemplares ni respuestas tranquilizadoras: construyó una forma visceral, sensible y profundamente urbana de narrar una sociedad que comenzaba a quebrarse.

LO QUE FUE — 001

Primero aparece una ciudad.

Buenos Aires se mueve detrás de una voz grave. Hay algo nocturno, áspero y, al mismo tiempo, afectivo en esa manera de cantar. Javier Calamaro no interpreta una canción desde un lugar lejano: parece hacerlo desde una esquina, una habitación cerrada o el momento exacto en que alguien comprende que ya no puede continuar solo.

La canción se llama “Navegar”.

Antes de que conozcamos a los personajes de Vulnerables, antes de que se sienten alrededor del grupo de terapia y comiencen a contar aquello que les sucede, la voz de Calamaro ya ha construido el territorio emocional de la serie.

Todos están a la deriva.

Todos buscan alguna manera de llegar hasta otro.

Una canción abre la puerta

“Navegar” no funciona simplemente como la cortina musical de Vulnerables. Funciona como su primera escena.

La voz de Javier Calamaro posee una rugosidad particular. No procura esconder las marcas de aquello que canta. Entra en las palabras desde un registro urbano, cercano y reconocible. Hay barrio, noche y una forma masculina de la fragilidad que, a fines de los noventa, no encontraba demasiados lugares donde expresarse.

La canción no explica a los personajes.

Los anuncia.

Prepara al espectador para ingresar en un mundo en el que nadie tiene el control completo de su vida. Un mundo habitado por personas que desean, se equivocan, mienten, dependen, lastiman y necesitan ser escuchadas.

La música establece una sensibilidad antes de que la historia comience.

Después llega la palabra.

Sentarse frente a los otros

Vulnerables se emitió por Canal 13 entre 1999 y 2000. Fue producida por Pol-ka, escrita por Gustavo Belatti y Mario Segade y dirigida por Daniel Barone y Adrián Suar. Su centro narrativo era un grupo de terapia coordinado por Guillermo Segura, el personaje interpretado por Jorge Marrale. Datos de la serie

Alrededor de ese círculo se reunían personajes atravesados por adicciones, fobias, vínculos familiares dañados, dificultades para amar y una profunda imposibilidad de sostener la imagen que habían construido de sí mismos.

La terapia no era solamente un recurso argumental.

Era la forma de la serie.

Cada personaje debía sentarse frente a los demás y hablar. Pero hablar no significaba necesariamente comprender. Las palabras podían ocultar, defender, agredir o pedir ayuda. Los silencios, las miradas y los movimientos del cuerpo muchas veces revelaban aquello que el discurso todavía intentaba esconder.

La acción no dependía únicamente de lo que sucedía afuera.

Una parte decisiva ocurría en el interior de los personajes.

La televisión como territorio sensible

La televisión argentina había construido grandes ficciones familiares, policiales, melodramáticas y costumbristas. Vulnerables tomó elementos de muchas de ellas, pero alteró el centro de gravedad.

Los personajes no estaban organizados alrededor de una aventura extraordinaria.

La aventura era intentar vivir con aquello que llevaban dentro.

La serie comprendió que la intimidad también podía ser un acontecimiento dramático. Una respiración interrumpida, una confesión incompleta o una persona incapaz de mirar a otra podían contener tanta tensión como cualquier giro argumental.

No se trataba de eliminar la historia para reemplazarla por psicología.

Se trataba de reconocer que una historia también sucede dentro de un cuerpo.

Allí apareció la potencia identitaria de Vulnerables. La serie no observaba a sus personajes desde una superioridad moral. Se acercaba a ellos lo suficiente como para percibir sus contradicciones. No los convertía en casos clínicos ni los reducía a un diagnóstico.

Los dejaba temblar.

Una sociedad que comenzaba a quebrarse

Vulnerables apareció en 1999.

La Argentina todavía no había llegado al estallido de 2001, pero muchas de sus fracturas ya estaban presentes. Se debilitaban las seguridades económicas, familiares y laborales. Las formas tradicionales de autoridad comenzaban a perder consistencia. Debajo de cierta normalidad televisiva crecía una sensación de intemperie.

La serie no necesitó convertir esa crisis en un discurso explícito.

La hizo visible en sus personajes.

Cada uno intentaba sostener una vida que ya no respondía completamente a las reglas aprendidas. El malestar social ingresaba en las casas, en las parejas, en los consumos, en los cuerpos y en la imposibilidad de imaginar el futuro.

Por eso Vulnerables fue una manera de narrar la realidad.

No porque reprodujera los acontecimientos de su tiempo, sino porque logró registrar su temperatura emocional.

La televisión no mostraba solamente lo que estaba pasando.

Mostraba cómo comenzábamos a sentirnos.

La fragilidad como lenguaje

Hay una diferencia entre exhibir el sufrimiento y construir una mirada sensible sobre él.

Vulnerables eligió lo segundo.

La serie podía ser intensa, incómoda y por momentos descarnada, pero su intensidad no nacía del golpe efectista. Provenía de observar a los personajes cuando sus defensas comenzaban a ceder.

La vulnerabilidad no aparecía como una debilidad individual.

Era aquello que los conectaba.

Todos llegaban al grupo creyendo que su dolor les pertenecía de manera exclusiva. Poco a poco descubrían que también podía convertirse en una lengua compartida. La terapia les ofrecía un espacio donde dejar de actuar durante algunos minutos y aceptar que necesitaban de los otros.

No siempre podían hacerlo.

Allí estaba el conflicto.

Una ficción que confiaba en sus actores

La propuesta necesitaba intérpretes capaces de sostener una cámara cercana. Jorge Marrale, Inés Estévez, Soledad Villamil, Alfredo Casero, Damián De Santo, Gustavo Garzón y Sandra Mihanovich, entre otros, construyeron personajes cuya verdad no dependía solamente del texto.

La actuación estaba en los ojos, en las manos y en el tiempo que demoraba una respuesta.

Vulnerables confiaba en el rostro humano.

También confiaba en que el espectador podía permanecer frente a una escena sin exigir que algo explotara inmediatamente. Le pedía atención para reconocer una pequeña alteración, una palabra mal colocada o un silencio que modificaba todo lo anterior.

Esa confianza también era una forma de televisión.

Lo que todavía permanece

Hoy las ficciones compiten con una velocidad que exige acontecimientos constantes. Cada escena parece obligada a justificar de inmediato su permanencia en la pantalla.

Vulnerables perteneció a otro ritmo.

Podía detenerse sobre una conversación y permitir que un personaje no supiera qué decir. Podía construir un episodio alrededor de una dificultad íntima. Podía entender que la sensibilidad no era una pausa dentro del relato.

Era el relato.

Volver a verla no significa afirmar que toda televisión anterior fue mejor. Tampoco convertir sus procedimientos en una fórmula perdida.

Significa recordar que una ficción popular pudo colocar la complejidad emocional en el centro de la pantalla abierta y confiar en que miles de personas aceptarían acompañarla.

Aprender a navegar

Al principio estaba la canción.

La voz de Javier Calamaro llegaba desde una ciudad oscura y abría una puerta. No prometía una salida segura. Apenas ofrecía un movimiento: continuar, atravesar la noche, buscar alguna presencia del otro lado.

Después, los personajes entraban en una habitación y se sentaban formando un círculo.

Cada uno llevaba una historia.

Cada uno intentaba protegerse.

Pero para poder avanzar tenían que hacer aquello que más temían: abandonar por un momento sus defensas y quedar frente a los demás.

Vulnerables comprendió que la fragilidad no interrumpe una vida.

También puede comenzar a narrarla.


Serie: Vulnerables
Emisión original: Canal 13, 1999–2000
Producción: Pol-ka
Autores: Gustavo Belatti y Mario Segade
Dirección: Daniel Barone y Adrián Suar
Cortina de la primera temporada: “Navegar”, de Javier Calamaro
Sección: Lo que fue · Intervalo

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